En 1992, el etnobotánico Terence McKenna propuso una de las hipótesis más provocadoras de la historia evolutiva: que el consumo accidental de hongos psilocibios por parte de nuestros ancestros homínidos pudo haber acelerado el desarrollo del lenguaje y la conciencia humana. La llamó la «Teoría del Simio Drogado». Durante décadas fue ridiculizada por la ciencia convencional. Ahora, su hermano Dennis McKenna la está actualizando con herramientas del siglo XXI.
La hipótesis original
McKenna argumentaba que en las sabanas africanas, donde nuestros ancestros seguían a las manadas de ganado, los hongos crecían abundantemente en el estiércol. Su consumo accidental habría alterado los patrones de percepción y cognición de maneras que, repetidas a lo largo de generaciones, contribuyeron a cambios neurológicos fundamentales: la expansión del córtex prefrontal, la capacidad simbólica, el lenguaje articulado.
Lo que la nueva ciencia aporta
Dennis McKenna, uno de los etnobotánicos más respetados del mundo, no pretende probar la hipótesis tal como fue formulada. Lo que hace es actualizarla a la luz de dos campos que en los noventa apenas existían: la epigenética y la neurociencia moderna.
La epigenética muestra cómo las experiencias ambientales pueden modificar la expresión génica de manera hereditaria sin alterar el ADN. Si los psilocibios produjeron cambios cognitivos relevantes en poblaciones ancestrales, esos cambios podrían haberse transmitido epigenéticamente a generaciones siguientes. La neurociencia, por su parte, ha documentado la capacidad de la psilocibina para aumentar la neuroplasticidad y la conectividad entre regiones cerebrales.
La evidencia y sus límites
Nada de esto prueba la hipótesis. La arqueología no ha encontrado evidencia directa de consumo de hongos psilocibios por homínidos ancestrales. El salto de «la psilocibina modifica el cerebro» a «la psilocibina aceleró la evolución humana» sigue siendo especulativo.
Pero la teoría del simio drogado merece ser discutida seriamente. En un campo científico que está descubriendo que estas sustancias reconfiguran redes neuronales con eficacia sin precedentes, la pregunta sobre su papel en nuestra historia evolutiva es perfectamente legítima. La ciencia avanza precisamente cuando se atreve a plantear preguntas incómodas.