Hay un grupo de personas que acumula, por oficio, exactamente el tipo de daño cerebral que la medicina no sabe reparar: los peleadores profesionales. Un reportaje publicado esta semana por Men’s Health retoma una pregunta que lleva años dando vueltas en gimnasios y laboratorios: ¿pueden los psicodélicos hacer algo por un cerebro golpeado miles de veces?

Los que empezaron sin esperar a la ciencia

La respuesta llegó primero desde los propios atletas. Excompetidores de la UFC como Ian McCall y Dean Lister han hablado públicamente de su uso de ayahuasca y hongos con psilocibina para lidiar con las secuelas del trauma craneal repetido: dolores de cabeza persistentes, lagunas de memoria, irritabilidad, insomnio y el miedo concreto a estar desarrollando encefalopatía traumática crónica (ETC), la enfermedad degenerativa que solo puede confirmarse tras la muerte.

Sus relatos son consistentes entre sí —menos dolor, más claridad, menos terror ante el futuro— y esa consistencia es exactamente lo que los hace sospechosos: son testimonios de personas motivadas, sin grupo de control y sin medición objetiva.

La institución que decidió mirar

La propia UFC llegó a acercarse al centro de investigación psicodélica de Johns Hopkins para explorar si estas sustancias podían tener un papel en la salud cerebral de sus atletas. Es un movimiento llamativo: una organización deportiva pidiendo estudiar una sustancia controlada para tratar el daño que produce su propio negocio.

En paralelo, el Lou Ruvo Center for Brain Health de Las Vegas ha seguido durante años a más de 400 boxeadores y peleadores de artes marciales mixtas, en uno de los estudios longitudinales más grandes sobre trauma craneal repetido. Entre sus hallazgos: los peleadores en activo presentan niveles más altos de marcadores sanguíneos de lesión neuronal —neurofilamento ligero y proteína tau— que los retirados o que quienes nunca compitieron. Es decir, existe una forma de medir el daño mientras la persona sigue viva.

Por qué la hipótesis no es descabellada

El argumento biológico se apoya en la neuroplasticidad. Los psicodélicos clásicos actúan sobre el receptor 5-HT2A y, en modelos animales, aumentan la densidad de espinas dendríticas y las conexiones entre neuronas en la corteza frontal. También reducen marcadores de neuroinflamación, un componente central del daño por impacto repetido. La hipótesis, en resumen, es que podrían ayudar al cerebro a reorganizarse allí donde perdió circuitos.

Y por qué hay que ir despacio

Nada de eso equivale a evidencia clínica en humanos con trauma craneal. No existen ensayos controlados que demuestren que la psilocibina o la ayahuasca reviertan el daño estructural, y hay un riesgo específico poco discutido: un cerebro con lesiones previas puede tener umbrales distintos para efectos adversos, incluidas crisis convulsivas o descompensaciones psiquiátricas. Buena parte de estos atletas se está tratando sola, en retiros sin supervisión médica, mezclando el alivio del síntoma con la esperanza de detener una enfermedad que nadie sabe aún detener.

El caso de los peleadores es incómodo justamente por eso: junta la población con más necesidad, la menor cobertura médica y la evidencia más débil. Y es, quizá por eso, el que más presiona para que la investigación llegue.

Fuente: Men’s Health

Foto: «Punching Bags», de Gramicidin, vía Flickr (CC BY-SA 2.0).