En la región de la Cañada, en Oaxaca, los curanderos tradicionales llevan generaciones preparando dos cosas muy distintas con la misma planta. Para las ceremonias espirituales usan grandes cantidades de hojas frescas de Salvia divinorum y provocan visiones. Para tratar dolores de cabeza, reumatismo o dolor de cara, en cambio, preparan un té mucho más flojo, con apenas unas hojas. Esa distinción etnobotánica —la misma planta, dos dosis, dos usos— es la que llevó a un equipo de investigadores a preguntarse qué está pasando ahí a nivel biológico.

La respuesta, publicada en el Journal of Ethnopharmacology, es más interesante de lo que esperaban.

Un dolor que no responde a los analgésicos

El dolor trigeminal, u orofacial, nace en los nervios sensoriales de la cara y puede ser profundamente incapacitante. Para una parte importante de quienes lo sufren, persiste pese a los tratamientos y analgésicos estándar. De ahí el interés en buscar mecanismos nuevos.

Los investigadores Geovanna Nallely Quiñonez-Bastidas, Andrés Navarrete y sus colegas se centraron en la salvinorina A, el principal compuesto activo de la planta. Se sabía que produce sus efectos mentales uniéndose a receptores opioides kappa del cerebro. El equipo sospechaba que también podía estar tocando otras dos estructuras muy presentes en los nervios de la cara: el receptor cannabinoide tipo 1 —el mismo sistema sobre el que actúa el cannabis— y el canal vaniloide TRPV1, implicado en la percepción del calor y el dolor.

Qué encontraron

Prepararon un extracto concentrado de hojas secas y aislaron salvinorina A pura. Después inyectaron formalina, un irritante suave, en el labio superior de ratones para simular dolor trigeminal; los animales responden frotándose la cara de forma medible.

Tanto el extracto completo como el compuesto puro redujeron el tiempo que los ratones pasaban frotándose. La salvinorina A pura resultó muy potente: bastaba con una décima parte de la dosis del extracto para lograr exactamente el mismo alivio, lo que confirma que es el componente que manda.

Lo llamativo llegó al bloquear receptores. Cuando los investigadores desactivaron químicamente el receptor cannabinoide, o bien el vaniloide, la salvinorina A perdió su capacidad analgésica. Bloquear otras dos vías nerviosas habituales no la afectó. El compuesto depende, por tanto, de esas dos rutas concretas para apagar la señal de dolor en la cara.

Para confirmarlo con evidencia física directa, el equipo extrajo el esófago y su nervio vago conectado en ratas y provocó contracciones rítmicas con pulsos eléctricos suaves. Al aplicar salvinorina A, el nervio dejó de disparar las contracciones. Al añadir los mismos bloqueadores usados en los ratones, todo volvió a la normalidad.

El obstáculo: los efectos secundarios

El equipo también evaluó si las dosis analgésicas alteraban el comportamiento. No hubo cambios significativos en ansiedad ni en coordinación motora: los animales tratados caminaban igual de bien sobre un cilindro giratorio. Pero sí aparecieron otras señales. En la prueba de nado forzado pasaban más tiempo flotando inmóviles, y en un entorno nuevo se erguían menos sobre las patas traseras para explorar. Los autores lo interpretan como efectos sedantes y de tipo depresivo leves.

Eso, sumado a las propiedades alucinógenas bien documentadas a dosis altas, complica convertir la salvinorina A en un fármaco de uso cotidiano. La línea de trabajo que se abre es la de siempre en farmacología psicodélica: modificar la molécula para conservar el efecto analgésico y recortar el psicológico.

Mientras tanto, el estudio deja algo que no es menor: una base biológica concreta para un uso medicinal que en Oaxaca ya se conocía sin necesidad de receptores ni bloqueadores.

Fuente: PsyPost

Foto: luis perez, CC BY 2.0, vía Openverse.