El cerebro despierto funciona en equilibrio sobre el filo de una navaja, justo en la frontera entre el orden y el caos. Un estudio publicado en The Journal of Neuroscience midió qué ocurre cuando la DMT empuja al cerebro fuera de ese punto: la actividad eléctrica se vuelve más aleatoria y menos estructurada, y cuanto más lejos cae del filo, con más intensidad se desintegra el sentido del yo.

Qué es la criticalidad y por qué importa

La física llama criticalidad al estado de un sistema que se sitúa exactamente en el límite entre el orden completo y el caos total. El cerebro humano opera muy cerca de ese punto, y esa posición no es un accidente: permite que regiones distantes se comuniquen con eficacia y genera la variedad de ritmos eléctricos que los neurocientíficos consideran imprescindible para la conciencia.

Cerca de la criticalidad, la actividad cerebral muestra lo que se conoce como correlaciones temporales de largo alcance. Dicho simple: lo que ocurrió eléctricamente hace unos segundos sigue influyendo en lo que ocurre ahora. Ese eco prolongado funciona como una memoria biológica de corto plazo y ayuda a sostener un flujo de pensamiento coherente y una identidad estable en el tiempo.

27 personas, dos días, una inyección

El equipo, con Mona Irrmischer y Marco Aqil como autores principales —del Centro Académico para el Trauma y la Personalidad de Países Bajos y del Imperial College de Londres— combinó datos de dos estudios previos con un total de 27 adultos sanos. Cada participante recibió DMT intravenosa un día y una solución salina como placebo otro día distinto. La actividad eléctrica se registró con electroencefalografía antes de la inyección y durante los veinte minutos siguientes. Al pasar el efecto, cada uno puntuaba la frase: «experimenté una desintegración de mi sentido habitual del yo».

Para analizar las ondas, los investigadores usaron una herramienta matemática llamada análisis de fluctuación sin tendencia, que devuelve un número: cerca de 1 indica un sistema muy estructurado y próximo a la criticalidad, similar al llamado ruido rosa; cerca de 0,5, un sistema aleatorio y sin estructura, comparable a la estática del ruido blanco.

Hacia el ruido blanco, no hacia la hiperactividad

La DMT produjo una caída generalizada de esos valores en varias bandas de frecuencia. Las ondas theta, alfa y beta —asociadas respectivamente a la memoria, a la relajación despierta y al pensamiento activo— se alejaron de su estado crítico y se volvieron más aleatorias y menos complejas.

Aplicando después una métrica nueva que mide la proporción entre actividad excitatoria e inhibitoria, el equipo pudo precisar la dirección del desplazamiento: la DMT empujó las ondas alfa y beta hacia un régimen subcrítico, dominado por señales inhibitorias. Es decir, el cerebro no se volvió hiperactivo, sino que perdió la arquitectura intrincada de sus señales.

Al cruzar esas medidas con los cuestionarios apareció la relación clave: cuanto más se alejaban de la criticalidad las ondas alfa y theta, con más intensidad describían los participantes la disolución de su yo. Los autores señalan que este desplazamiento se parece a lo observado durante la anestesia general y la meditación profunda, estados que también comparten la interrupción del flujo autorreflexivo del pensamiento.

Lo que el electrodo no ve

El hallazgo matiza la hipótesis del cerebro entrópico, que sostiene que los psicodélicos aumentan la aleatoriedad cerebral: los datos confirman ese aumento, pero muestran que viene acompañado de una caída de la complejidad estadística, no de un incremento. Los sensores de superficie del EEG captan sobre todo las ondas lentas, así que queda abierta la posibilidad de que las oscilaciones rápidas —más difíciles de medir desde el cuero cabelludo— se comporten al revés y expliquen las alucinaciones visuales. Ese es el siguiente paso que proponen los autores.

Fuente: PsyPost

Imagen: EEG record of brain activity and wave patterns from a sleeping boy por Jemaleddin Cole from Glen Burnie, USA, licencia CC BY-SA.