La idea de que un viaje psicodélico deja la personalidad cambiada para siempre es uno de los relatos más repetidos del campo. Un estudio publicado en npj Mental Health Research la puso a prueba en el escenario menos controlado y más frecuente: estudiantes universitarios que probaron un psicodélico por primera vez en su vida cotidiana, sin terapeuta, sin sala preparada y sin dosis medida. El resultado es un matiz incómodo para ambos bandos.
Un seguimiento de un año con grupo de comparación
La mayoría de los estudios previos sobre personalidad y psicodélicos arrastran el mismo problema metodológico: muestras pequeñas de retiros o clínicas, ausencia de un grupo de no consumidores y mediciones tomadas solo después del consumo. Constantin Volkmann, del Charité – Universitätsmedizin de Berlín, encabezó un equipo que intentó cerrar esos huecos.
Partieron de una encuesta a estudiantes de universidades berlinesas. Los participantes respondieron un cuestionario en línea al inicio y otro aproximadamente un año después. De 9.351 respuestas iniciales, 1.443 completaron el seguimiento y resultaron elegibles: 102 primeros consumidores de psicodélicos, con una media de 23,5 años, y 1.066 personas que nunca los habían probado. Todos completaron un cuestionario de quince ítems sobre los cinco grandes rasgos de personalidad —apertura, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo— y reportaron consumo de sustancias, edad, sexo, ingresos y diagnósticos psiquiátricos.
Cambios pequeños que se desdibujan
En el análisis inicial, quienes probaron un psicodélico por primera vez aparecieron algo más abiertos a la experiencia y algo menos organizados o autodisciplinados que quienes nunca lo hicieron. No hubo señales claras de cambio en sociabilidad, amabilidad ni inestabilidad emocional.
El patrón se mantuvo al ajustar por edad, sexo, ingresos, historial de salud mental y consumo previo de otras sustancias, pero la evidencia dejó de ser lo bastante fuerte como para descartar que las pequeñas diferencias se debieran al azar. La prueba más exigente vino después: los investigadores compararon al grupo psicodélico con 24 estudiantes que habían probado por primera vez otra droga ilegal. Las diferencias en apertura y responsabilidad se debilitaron sustancialmente.
Eso abre una explicación alternativa que el estudio no puede descartar: quizá lo que mueve la aguja no sea la molécula, sino la búsqueda de novedad, el círculo social o la experimentación con drogas en general. Los propios autores resumen el hallazgo con prudencia: cambios pequeños de personalidad tras el primer uso psicodélico, con interpretabilidad causal limitada.
Un dato exploratorio que pide replicación
En un análisis exploratorio, los primeros consumidores con un diagnóstico psiquiátrico mostraron una reducción mayor del neuroticismo. El sexo, en cambio, no alteró de forma clara los patrones de cambio. Los investigadores advierten expresamente que ese hallazgo necesita replicarse y que no debe leerse como evidencia de un beneficio terapéutico.
Qué queda fuera del cuestionario
Las limitaciones son considerables y los autores no las esconden. El consumo fue autorreportado y no aleatorizado. El estudio no registró el momento exacto, la dosis, el contexto, la motivación ni la intensidad subjetiva de la experiencia, variables que la literatura clínica considera decisivas. Y un intervalo de un año no permite establecer si algún cambio es duradero.
El contraste con una revisión de 48 estudios publicada este mismo año, que asociaba el uso de psilocibina, LSD y ayahuasca con aumentos duraderos de la apertura y descensos del neuroticismo, es exactamente el tipo de tensión que hace avanzar un campo: los diseños con grupo de control y medición previa tienden a encoger los efectos que los diseños retrospectivos agrandan.
Fuente: PsyPost
Imagen: New Student Orientation Fall 2013 47 por COD Newsroom, licencia CC BY.