Los espacios de bienestar psicodélico suelen presentarse como lugares abiertos a cualquier persona dispuesta a «entregarse» a la experiencia. Pero para quienes viven con enfermedades crónicas o son autistas, esa apertura tiene límites poco discutidos. Una autora que se define a sí misma como enferma crónica y autista relató en la revista DoubleBlind su primera ceremonia de ayahuasca, en septiembre de 2024, y el proceso de aprender —a fuerza de ensayo y error— que casi ningún espacio de medicina vegetal está pensado para cuerpos como el suyo.
Un cuerpo que no reacciona «como los sanos»
La autora explica que su cuerpo, marcado por una enfermedad crónica y por el autismo, no siempre responde a las sustancias de la misma manera que un cuerpo neurotípico y sano. Antes de esa primera ceremonia había pasado por otros círculos de medicina vegetal y describía la experiencia como intimidante: los espacios de bienestar psicodélico, escribe, rara vez están pensados con cuidado para cuerpos o mentes discapacitadas, porque el bienestar suele reservarse para quienes ya gozan de buena salud.
La experiencia de su pareja como punto de partida
Lo que finalmente la animó a intentarlo fue la experiencia de su pareja, también enfermo crónico, que había trabajado con un practicante en Los Ángeles y salió transformado. Él describió una medicina que parecía «saber exactamente» qué tipo de experiencia necesitaba, capaz de ajustarse sin llevarlo más allá de lo que podía soportar. Ese relato le dio a la autora un poco menos de miedo, aunque las dudas y la ansiedad seguían presentes cuando finalmente aceptó participar en su propia ceremonia.
Preparación, cuidado y las preguntas que nadie hace
El relato pone el foco en un vacío estructural: la preparación estándar de una ceremonia de ayahuasca —dieta, intención, integración— rara vez incluye preguntas sobre movilidad, medicación crónica, sensibilidad sensorial o necesidades de accesibilidad. Facilitadores y espacios de retiro, en general, no están entrenados para sostener esas conversaciones, lo que deja a personas con discapacidad o enfermedades crónicas en la posición de tener que educar a sus propios guías, o de arriesgarse sin esa información.
Una discusión que el campo psicodélico recién empieza a dar
El texto se suma a un debate cada vez más presente en la cultura psicodélica: a medida que el acceso a la ayahuasca y otras medicinas vegetales se expande fuera de contextos indígenas y religiosos, la pregunta de quién queda afuera —por cuerpo, por diagnóstico, por neurodivergencia— se vuelve inevitable. Para la autora, la respuesta no es evitar la ceremonia, sino exigir que los espacios de sanación se construyan pensando también en los cuerpos que no encajan en el molde de la persona sana y neurotípica.
Imagen: «Ayahuasca Vine», Apollo (CC BY, vía Openverse).
Fuente: DoubleBlind Magazine