Para el imaginario popular, el budismo y las sustancias psicoactivas no tienen nada en común. Sin embargo, el investigador y lama tibetano Mike Crowley sostiene, tras más de dos décadas de estudio de textos del budismo Vajrayana, que un elixir visionario llamado amrita ocupó un lugar central en las prácticas tántricas de la Edad Media. Su hipótesis, desarrollada en el libro Secret Drugs of Buddhism: Psychedelic Sacraments and the Origins of the Vajrayana (ya en su segunda edición), reabre un debate incómodo para buena parte de la comunidad budista contemporánea.

Un viaje que llevó a los textos sagrados

Crowley relata que, antes de que el LSD fuera ilegal, vivió una experiencia psicodélica que después reconoció, casi palabra por palabra, en las descripciones de maestros budistas históricos. Esa coincidencia lo llevó a preguntarse si los textos clásicos hablaban en clave de estados alterados de conciencia obtenidos con plantas o sustancias. A partir de esa pregunta terminó ordenándose lama dentro del linaje Kagyud y dedicó más de veinte años a rastrear referencias a sustancias psicoactivas en la literatura budista tibetana e india.

El quinto precepto, puesto en duda

Una de las objeciones más repetidas contra su teoría es el llamado «quinto precepto» budista, interpretado habitualmente como una prohibición de cualquier sustancia que «nuble la mente». Crowley discute esa lectura: según él, los textos originales apuntaban específicamente al alcohol, no a los enteógenos. «Hice mis votos en tibetano», bromea, «y lo único que juré no consumir fue chaang, la cerveza tradicional».

Amrita, el néctar que no conoce la muerte

El término sánscrito amrita se traduce como «inmortal», y aparece una y otra vez en textos del budismo Vajrayana como un elixir capaz de disolver la frontera entre la conciencia ordinaria y los estados iluminados. Los académicos debaten su composición real: algunos proponen mezclas con cannabis, otros apuntan a la efedra. Crowley, en cambio, defiende que el ingrediente principal eran hongos sagrados, concretamente Psilocybe cubensis, el psilocibio más extendido del mundo.

La huella del hongo en el arte tibetano

Como evidencia indirecta, Crowley señala motivos recurrentes en la iconografía budista: la protuberancia craneal (ushnisha) que corona la cabeza de Buda recordaría, según su lectura, al característico bulto del sombrero de ciertos hongos psilocibios. En el arte tántrico, además, la presencia de búfalos de agua podría remitir a otro hongo visionario, Panaeolus cambodginiensis, que crece sobre el estiércol de ese animal.

Pese a defender esta hipótesis, Crowley aclara que su propio consumo de psicodélicos es hoy esporádico —apenas un par de veces al año— y que la meditación diaria, no la sustancia, sigue siendo el eje de su práctica espiritual. «Los psicodélicos nos permiten ver la naturaleza de la mente, que es lo esencial», explica, «pero esa intuición vale poco sin una práctica constante que la integre a la vida cotidiana». Crowley trabaja ahora en un segundo libro, pensado como manual para budistas que quieran incorporar los psicodélicos a su práctica de forma consciente.

Para profundizar en los fundamentos históricos y científicos de estas sustancias, puede consultarse la guía completa de psicodélicos del portal.

Fuente: DoubleBlind Magazine