Sentir que el mundo se vuelve extraño, distante o irreal durante una sesión de esketamina no es solo un efecto secundario incómodo: según un nuevo estudio brasileño publicado en el Journal of Psychiatric Research, ese estado de disociación podría ser justamente la señal de que el tratamiento está funcionando. Los pacientes con depresión resistente que más mejoraron fueron también los que reportaron niveles más altos de disociación, en particular una sensación de irrealidad del entorno conocida como derealización.
Un fármaco que altera la conciencia para tratar la depresión
La depresión resistente al tratamiento es aquella que no mejora después de al menos dos intentos adecuados con antidepresivos convencionales. La esketamina, una forma de la ketamina, se ha convertido en una alternativa para estos casos: aunque se desarrolló originalmente como anestésico, los investigadores descubrieron que puede producir cambios rápidos en los síntomas depresivos. El fármaco también provoca alteraciones temporales de la conciencia: algunos pacientes describen sentirse separados de su cuerpo o de sus pensamientos, mientras otros perciben su entorno como irreal, distante o propio de un sueño. Durante años, los científicos han debatido si esta disociación es solo un efecto colateral molesto o si en realidad está conectada con la acción antidepresiva del fármaco.
Un ensayo con 23 pacientes en Rio Grande do Norte
El equipo, liderado por Kaike Thiê da C. Gonçalves, de la Universidad de São Paulo, siguió a adultos que recibieron esketamina subcutánea semanal en el Hospital Universitario Onofre Lopes, vinculado a la Universidad Federal de Rio Grande do Norte. De 30 personas que iniciaron el tratamiento, 23 completaron las ocho sesiones y fueron incluidas en el análisis: 15 mujeres y ocho hombres, con una edad promedio de 34 años. La dosis inicial fue de 0,5 miligramos por kilogramo de peso corporal, con la posibilidad de subir a 0,75 o 1 miligramo si los síntomas no bajaban al menos un 50%.
La derealización, la gran protagonista
Los investigadores midieron la depresión antes de cada sesión y una semana después de la última, y evaluaron la disociación 40 minutos después de cada dosis mediante un cuestionario administrado por un clínico, que distinguía tres experiencias: derealización (sentir que el mundo exterior es irreal), despersonalización (sentirse desconectado de uno mismo) y amnesia. Doce de los 23 participantes cumplieron el criterio de respuesta al tratamiento, es decir, una reducción de al menos 50% en sus puntajes de depresión. Ese grupo mostró niveles de disociación general más altos que los 11 que no respondieron, y la diferencia fue especialmente marcada en la derealización. La despersonalización y la amnesia también fueron mayores entre quienes respondieron, aunque sin alcanzar significancia estadística.
Una pista, no una certeza
Un hallazgo llamativo es que los niveles de disociación se mantuvieron relativamente estables a lo largo de las ocho sesiones, y no hubo una relación significativa, sesión por sesión, entre cuánta disociación sentía una persona y cuánto mejoraban sus síntomas ese día. En otras palabras: quienes en general disociaban más tenían más chances de responder al tratamiento, pero el nivel de disociación de una sesión puntual no predecía la mejora de esa sesión en particular. Los autores subrayan que el estudio no tuvo grupo placebo ni cegamiento, no controló completamente otros medicamentos o psicoterapias, y que como las dosis se ajustaban al alza en quienes no respondían, una mayor disociación podría reflejar simplemente una mayor exposición acumulada al fármaco antes que un verdadero marcador biológico de mejora. Aun así, el equipo concluye que estas experiencias disociativas, sobre todo la derealización, podrían ser correlatos clínicamente relevantes de la respuesta antidepresiva, y proponen que futuras investigaciones exploren si distintos aspectos de la conciencia alterada son relevantes para predecir qué pacientes se beneficiarán más de este tipo de tratamiento.
Fuente: PsyPost