Los psicodélicos siempre tuvieron un lugar en la cultura musical: musa, amenaza, atajo simbólico para hablar de rebeldía o de autodestrucción. Lo que cambió en 2026, según un reportaje de Billboard, es el registro de la conversación. Cada vez más artistas hablan de trauma, agotamiento y automedicación, y lo que discuten ya no es la experiencia sino el tratamiento.

Etheridge y Grimes, dos formas de defenderlo

Melissa Etheridge se convirtió en una de las voces más activas tras la muerte en 2020 de su hijo Beckett Cypher, de 21 años, por causas ligadas a la adicción a opioides. A través de su fundación —que celebrará su primera cumbre R.I.S.E. el 12 de noviembre en Irvine, California, con una conversación entre la cantante y el especialista en adicciones Gabor Maté— impulsa que las terapias asistidas se estudien en serio para adicciones. «Yo fui parte de lo que sé que atraviesan cientos de miles de familias, cuando tenés un familiar adicto y lo sabés, y eso empieza a destrozar a la familia», dice.

Grimes, que ha hablado públicamente de ketamina y microdosis, aporta la advertencia: «Los artistas son bastante más propensos a abusar de sustancias y a la evasión. He visto a mucha gente que lidia con la fama empezar a abusar de sustancias sanadoras». Por eso, paradójicamente, es la ibogaína lo que más la entusiasma: «Al parecer no es nada divertida, así que no tengo ningún reparo en recomendarla».

Un sector que se parece a una guardia de urgencias

Mariah Jeremiah, trabajadora social clínica y fundadora de The Wellness Roadies, sostiene que nada de esto se entiende sin mirar las condiciones laborales. «He visto más niveles de agotamiento en profesionales de la industria musical que en cualquier otra industria con la que haya trabajado», afirma. «El nivel de burnout de los músicos es parecido al de los médicos de urgencias». Su frase más citada resume el diagnóstico: «La industria musical es como un experimento con el sistema nervioso para el que nadie preparó a nadie».

Menciona además una dimensión rara vez nombrada: el duelo. «Hay mucho duelo en la industria musical, y no hay tiempo para procesarlo. Alguien puede morir detrás del escenario y un día después hay que hacer producción completa».

Las advertencias, en la misma nota

Jeremiah es explícita en que estos tratamientos no son para cualquiera —excluye, entre otros, a personas con antecedentes personales o familiares de psicosis grave— y le preocupa la proliferación de facilitadores con formación liviana que se presentan como «coaches» o «sitters». «Cuando se hace bien, es maravilloso. Cuando se hace mal, puede ser muy dañino».

Myriam Barthes, directora de Journey Clinical, plantea que el desafío actual es de alfabetización: aprender a hablar del tema «sin demonizar a los psicodélicos ni presentarlos como una pastilla mágica que va a resolver todos tus problemas». Y Joshua Kappel, socio fundador del estudio jurídico Vicente LLP, agrega el matiz que el estrellato tiende a borrar: «Las celebridades tienen plataformas y sus historias son poderosas. Pero hay un riesgo real: no todo el mundo tiene una buena experiencia».

El acceso, otro problema

En Estados Unidos el acceso sigue limitado a ensayos clínicos, salvo en Oregón y Colorado. Y aun ahí, la agenda de una gira lo complica: como recuerda la abogada Juliana Todeschi Paer, Colorado exige una sesión de preparación, una de administración y una de integración como parte de una misma serie.

Fuente: Billboard

Imagen: «Country Music Festival de Mirande – 14/07/2008», por Jamiecat * (CC BY), vía Openverse.