«Psicodélico» es una palabra que se usa para nombrar sustancias con perfiles de riesgo muy distintos entre sí, y esa ambigüedad puede ser un problema cuando pacientes y familias les preguntan a sus médicos qué tan seguro es cada tratamiento. Un artículo de revisión publicado en Psychiatric Times y firmado por investigadores del Centro de Investigación en Psicodélicos y Conciencia de Johns Hopkins, entre ellos David B. Yaden, ordena la evidencia disponible sustancia por sustancia: psicodélicos clásicos, MDMA, ketamina e ibogaína.

Psicodélicos clásicos: baja toxicidad, pero no sin riesgo

La psilocibina, el LSD, el DMT y el 5-MeO-DMT tienen, según los autores, un potencial de adicción muy bajo y una toxicidad fisiológica mínima: no existen casos confirmados de sobredosis fatal por su efecto farmacológico directo. Sin embargo, un metaanálisis de 214 estudios citado en el artículo encontró que el 0,3% de los participantes con un trastorno psiquiátrico preexistente sufrió un evento adverso grave dentro de las 48 horas posteriores a la administración, cifra que subió a 4% en el seguimiento a largo plazo. Entre las personas sin trastornos psiquiátricos previos no se registró ningún evento adverso grave, lo que sugiere que la historia clínica psiquiátrica es un factor de riesgo central a la hora de evaluar estos tratamientos.

MDMA: el más placentero, también el más tóxico

A diferencia de los psicodélicos clásicos, el MDMA es un derivado anfetamínico clasificado como «entactógeno», por su capacidad de generar conexión emocional y apertura social. Justamente por eso tiene un potencial de abuso más alto: sus efectos son reforzantes y placenteros de un modo que los psicodélicos clásicos generalmente no lo son. El artículo señala además un perfil de toxicidad médica más preocupante, debido a sus efectos simpaticomiméticos y al riesgo de toxicidad serotoninérgica, lo que hace que una sobredosis pueda volverse letal con más facilidad. El uso recreativo frecuente de MDMA se ha asociado con una reducción del volumen de materia gris en el hipocampo y con déficits de memoria, aunque establecer una relación causal sigue siendo difícil.

Ketamina: eficacia rápida, con un costo cognitivo

La ketamina, un anestésico disociativo que algunos también llaman psicodélico, mostró efectos antidepresivos robustos aunque de corta duración, lo que llevó a la aprobación clínica de la esketamina para depresión resistente al tratamiento. Como el MDMA, tiene potencial de abuso por sus efectos eufóricos y disociativos, y su uso a largo plazo puede implicar déficits de memoria y deterioro cognitivo. El uso crónico, además, se asocia a toxicidad urológica, alteraciones de la función hepática y dependencia.

Ibogaína: la única con muertes atribuidas directamente al fármaco

La ibogaína es, según el artículo, un caso aparte: es la única de estas sustancias con muertes asociadas directamente a su efecto farmacológico, principalmente por prolongación del intervalo QTc y otras alteraciones cardíacas, además de síntomas gastrointestinales, alteraciones de la conciencia y efectos neurológicos como ataxia, temblores o convulsiones. Una revisión de 19 muertes vinculadas a la ibogaína identificó como causas la prolongación del QT inducida por el fármaco, enfermedad cardiovascular preexistente, consumo concomitante de otras drogas y convulsiones por abstinencia de alcohol o benzodiacepinas. Por eso, explican los autores, algunos estudios ya incorporan infusiones profilácticas de magnesio para mitigar ese riesgo cardíaco.

La conclusión: pensar en sustancias, no en una categoría

Los autores insisten en que no se puede hablar de «los psicodélicos» como si fueran un bloque homogéneo: los riesgos y beneficios cambian radicalmente según la sustancia específica, y quienes tienen antecedentes psiquiátricos previos son claramente más vulnerables a complicaciones serias. También advierten que estos datos provienen de ensayos clínicos con supervisión médica estricta y criterios de exclusión rigurosos, por lo que no deberían generalizarse sin más al consumo recreativo, donde factores como la pureza de la sustancia, el acompañamiento profesional y la combinación con otras sustancias cambian por completo el panorama de riesgo.

Fuente: Psychiatric Times