El estado de Texas ha anunciado la puesta en marcha de su propio programa de investigación con ibogaína, dotado con 50 millones de dólares aprobados por la legislatura estatal el año anterior. La decisión llega después de que varias propuestas de empresas farmacéuticas no lograran cumplir los requisitos para asociarse con el estado, lo que llevó a Texas a tomar las riendas del proyecto de forma directa.

La iniciativa convierte a Texas en uno de los estados más activos en la exploración de la ibogaína como tratamiento para la adicción a opioides y como terapia para el trastorno de estrés postraumático (PTSD), especialmente en veteranos de guerra. Este enfoque no es casual: una investigación de la Universidad de Stanford publicada en Nature Medicine en 2024 demostró reducciones promedio del 88% en síntomas de PTSD, del 87% en depresión y del 81% en ansiedad en un grupo de veteranos de operaciones especiales tratados con ibogaína, con efectos que se mantenían un mes después del tratamiento.

La ibogaína es un alcaloide psicoactivo derivado de la corteza de la raíz del arbusto Tabernanthe iboga, originario de África central, donde se usa desde hace siglos en rituales de la tradición Bwiti. En el contexto de la adicción, actúa de forma fundamentalmente distinta a los tratamientos convencionales: en lugar de gestionar la dependencia de forma crónica, parece interrumpir los circuitos neurales de la adicción de manera más profunda y duradera.

Sin embargo, la ibogaína sigue siendo una sustancia controlada de Categoría I en Estados Unidos y su uso clínico presenta desafíos de seguridad importantes, principalmente asociados a riesgo cardíaco. Solo se han realizado dos ensayos controlados aleatorios sobre ibogaína y noribogaína para trastornos por consumo de sustancias, y aunque los resultados preliminares son prometedores, la seguridad y eficacia no están aún plenamente confirmadas.

A nivel federal, la orden ejecutiva del presidente Trump de abril de 2026 ha dado el impulso político necesario para acelerar la investigación con ibogaína, y DemeRx mantiene la primera solicitud de investigación clínica (IND) aprobada por la FDA para un compuesto de la familia de la ibogaína, lo que le da una ventaja regulatoria en la carrera hacia la aprobación.

El programa texano podría convertirse en un modelo para otros estados que buscan abordar la crisis de opioides y el trauma bélico con herramientas que la medicina convencional ha tardado décadas en considerar seriamente.