Timothy Leary (1920-1996) fue el psicólogo estadounidense que convirtió un experimento académico de Harvard en una de las revoluciones culturales más influyentes del siglo XX. Su nombre quedó indisolublemente unido al LSD y a la consigna que se volvió lema de toda una generación: «Turn on, tune in, drop out». Investigador respetado antes de convertirse en icono contracultural, Leary encarna como pocos la frontera difusa entre ciencia, espiritualidad y activismo que ha marcado la historia de los psicodélicos. También es la figura sobre la que el campo sigue sin ponerse de acuerdo: precursor lúcido para unos, responsable de cuarenta años de parálisis investigadora para otros.

Formación: de West Point a Berkeley

Nació el 22 de octubre de 1920 en Springfield, Massachusetts. Su paso por la academia militar de West Point terminó en renuncia tras un conflicto con el código de honor, un episodio temprano de una vida entera de fricción con las instituciones. Se doctoró en psicología clínica en la Universidad de California, Berkeley, en 1950, y construyó una carrera sólida como especialista en evaluación de la personalidad. Su trabajo en psicología interpersonal —incluido el desarrollo de métricas para medir rasgos de personalidad— le valió un respeto genuino dentro de la academia.

En 1959 se incorporó a Harvard, al Departamento de Relaciones Sociales. Era un psicólogo brillante con un futuro previsible por delante. Un viaje a Cuernavaca, en el verano de 1960, lo desvió por completo. Allí probó por primera vez hongos psilocibios (Psilocybe mexicana) y describió después haber aprendido «más sobre la mente, el cerebro y su estructura en cinco horas que en los quince años anteriores de estudio y laboratorio».

El Proyecto Psilocibina de Harvard

De regreso en Massachusetts fundó el Harvard Psilocybin Project junto a su colega Richard Alpert, quien años más tarde adoptaría el nombre de Ram Dass tras un viaje espiritual a la India. Entre 1960 y 1962 llevaron a cabo dos de los experimentos más citados de la primera ola de investigación psicodélica moderna.

El Experimento de la Prisión de Concord (1961) administró psilocibina a reclusos para evaluar si podía reducir la reincidencia delictiva; los resultados iniciales parecieron prometedores, aunque reanálisis posteriores los matizaron considerablemente. El Experimento de la Capilla Marsh (1962), también conocido como «experimento del Viernes Santo», examinó si la sustancia podía inducir experiencias místicas genuinas en estudiantes de teología. La mayoría reportó vivencias profundamente espirituales, y el estudio se convirtió en una referencia clásica de la psicología de la religión.

En 1964 publicó, junto a Alpert y Ralph Metzner, The Psychedelic Experience: A Manual Based on the Tibetan Book of the Dead, que adaptaba el Bardo Thödol tibetano como mapa para atravesar los estados alterados de conciencia. El libro tuvo un alcance muy superior al académico: John Lennon se inspiró en él para componer «Tomorrow Never Knows».

La ruptura con Harvard

La metodología del equipo se fue erosionando por el propio entusiasmo de sus responsables. Leary consumía las sustancias junto a sus sujetos, reclutaba figuras de la bohemia neoyorquina —entre ellas el poeta Allen Ginsberg— y administraba psicodélicos a estudiantes sin diseño experimental controlado ni selección aleatoria. Las críticas dentro de la comunidad académica se acumularon hasta que, en mayo de 1963, Harvard prescindió de ambos.

Lejos de retirarse, Leary se trasladó a una mansión en Millbrook, Nueva York, donde continuó sus experiencias en un entorno cada vez más místico y más alejado del rigor científico.

«Turn on, tune in, drop out»

A partir de ahí se convirtió en el rostro público más reconocible del movimiento psicodélico. Adoptó el LSD —entonces todavía legal— como herramienta de transformación de la conciencia y se volvió su propagandista más elocuente. Su consigna se transformó en mantra de una generación que cuestionaba la guerra de Vietnam y los valores establecidos.

Aquí está el punto que lo separó de otros investigadores serios de la época: Leary defendía que el LSD debía difundirse masivamente entre el público joven, frente a quienes abogaban por un uso restringido y supervisado. Esa postura, junto a su notoriedad mediática —incluida una candidatura a gobernador de California en 1969—, alimentó el pánico moral que desembocó en la prohibición del LSD en 1968 y en la Ley de Sustancias Controladas de 1970.

La persecución fue igual de desmedida. Se le atribuye a Richard Nixon haberlo llamado «el hombre más peligroso de América». Leary declaró haber sido arrestado 36 veces a lo largo de su vida. En 1970 se fugó de prisión con ayuda del grupo radical Weather Underground e inició un periplo que lo llevó a Argelia, Suiza y Afganistán antes de ser recapturado en 1973.

«Piensa por ti mismo y cuestiona la autoridad.» — Timothy Leary

Legado: el precursor incómodo

Su figura plantea una paradoja que la ciencia contemporánea no puede esquivar. Sus métodos fueron cuestionables, su rigor inconsistente y su ego indisociable de su obra. Para muchos investigadores, su exhibicionismo dañó la reputación de un campo legítimo y retrasó su desarrollo durante más de cuatro décadas.

Y sin embargo, sus intuiciones centrales resistieron. La idea de que las sustancias psicodélicas tienen potencial terapéutico real; la de que la conciencia es un territorio vasto e inexplorado; y sobre todo el concepto de «set and setting» —la disposición mental del participante y el entorno físico y social como determinantes de la experiencia— que él ayudó a popularizar y que hoy es un pilar de los protocolos clínicos en Johns Hopkins, la Universidad de Nueva York y el Imperial College de Londres.

El renacimiento actual de la investigación psicodélica, con ensayos rigurosos de psilocibina, MDMA y ketamina para depresión resistente, estrés postraumático y ansiedad ante la muerte, dialoga de forma implícita o explícita con el trabajo que Leary inició y que la propia Harvard reivindica hoy como parte de su historia.

Timothy Leary murió el 31 de mayo de 1996 en Los Ángeles, a los 75 años, de un cáncer de próstata. Parte de sus cenizas fue enviada al espacio en 1997, en un gesto que él mismo había planeado y que resultó perfectamente coherente con su trayectoria: siempre mirando hacia la frontera siguiente, siempre dispuesto a cruzarla.

Imagen: «Timothy Leary, 1979» de Crawford Brian, licencia CC BY-SA vía Openverse.