Un día después de tomar 100 microgramos de LSD, cuarenta y tres voluntarios sanos se sentaron ante un teclado y teclearon una secuencia de nueve dígitos con la mano no dominante. Mejoraron su velocidad significativamente más que cuando habían recibido placebo. El estudio, publicado en Neuropsychopharmacology, sugiere que el psicodélico deja una ventana temporal en la que consolidar habilidades motoras resulta más fácil.
El día después, no el viaje
Casi toda la investigación sobre LSD se ha concentrado en las horas de efecto agudo. Abigail Calder, investigadora posdoctoral de la Universidad de Friburgo (Suiza), detectó el hueco. «Sabíamos de la teoría de que los psicodélicos estimulan la neuroplasticidad, y la neuroplasticidad está estrechamente ligada al aprendizaje», explicó. «Había mucha investigación sobre neuroplasticidad y casi nada sobre aprendizaje. Parecía el momento de empezar a llenar ese vacío.»
El diseño fue un ensayo aleatorizado, doble ciego y cruzado con 45 participantes de entre 21 y 55 años. Cada persona acudió a dos sesiones separadas al menos cuatro semanas: en una recibió la dosis completa de LSD, en la otra un placebo inactivo. A los voluntarios se les dijo que el placebo podía ser una dosis muy baja de LSD, para manejar expectativas.
Un 33% más de mejora tras el descanso
La tarea de tecleo distinguía dos tipos de aprendizaje. El aprendizaje online ocurre durante las diez rondas de práctica activa. El offline es la consolidación que sucede después, mientras el cerebro descansa. Los participantes descansaron diez minutos, luego ochenta, y volvieron a ser evaluados.
La mejora se concentró exclusivamente en la fase offline: tras el descanso de ochenta minutos, los voluntarios habían mejorado su velocidad de tecleo aproximadamente un 33% más en la condición LSD que en la de placebo. La precisión no se resintió, de modo que no estaban simplemente sacrificando exactitud por rapidez. «Esto sugiere que psicodélicos como el LSD podrían mejorar temporalmente —¡y de forma bastante modesta!— la capacidad de aprender nuevos movimientos motores», matizó Calder.
Ondas cerebrales, músculos y estrés
El equipo registró electroencefalografía durante las sesiones, midiendo dos componentes de respuesta a tonos auditivos: N1, ligado al procesamiento sensorial temprano, y P2, asociado a la atención y la detección de novedad. El LSD redujo agudamente ambos. La reducción de P2 persistió al día siguiente y mostraba señales de seguir presente una semana después.
Con estimulación magnética transcraneal midieron la excitabilidad del sistema motor. El día de la dosis, las señales del cerebro al músculo se volvieron más rápidas y más grandes; al día siguiente, la amplitud cayó por debajo del placebo. «Me sorprendió especialmente que los movimientos fueran más rápidos de lo habitual», reconoció Calder. «Todavía no sabemos por qué, ni siquiera si es un dato útil.» Los análisis de sangre no detectaron cambios en el factor neurotrófico derivado del cerebro en ningún momento. En los cuestionarios psicológicos, una semana después los participantes reportaban menos estrés percibido y puntuaban más alto en la capacidad de generar soluciones alternativas ante situaciones difíciles.
Por qué conviene esperar
Las técnicas diseñadas específicamente para medir plasticidad —la tetanización sensorial con tonos rápidos y los pulsos magnéticos pareados— no produjeron el efecto esperado ni siquiera con placebo, así que no puede afirmarse que la mejora motora se deba a neuroplasticidad. Podría explicarse por efectos residuales sobre la motivación o la atención. Además, los participantes adivinaban cuándo habían recibido la dosis activa, lo que compromete el ciego y podría inflar las mejoras en estrés percibido.
«No estamos seguros de cuán fiable es el efecto sobre el aprendizaje motor, cuánto dura ni en qué circunstancias exactas aparece», advirtió Calder. «Tampoco sabemos si se generaliza a otros tipos de aprendizaje.» Su recomendación práctica fue inequívoca: mejor no tomar LSD antes de estudiar o de empezar clases de esquí.
Fuente: PsyPost
Imagen: «Typing Hands», Rainer Stropek, licencia CC BY 2.0.