La música en terapia psicodélica se trata casi como una segunda forma de dosificación: listas de reproducción pensadas al detalle para acompañar el ascenso, el pico y el descenso de una sesión. Durante años, el modelo de referencia ha sido la lista de siete horas que la Universidad Johns Hopkins diseñó para sus ensayos con psilocibina, pero un nuevo análisis de la Universidad de Stanford pone en duda que esa fórmula se cumpla en la práctica.

Tres actos, un estándar

La idea de que la música debe seguir el arco de un viaje psicodélico proviene del Método Bonny de Imágenes Guiadas y Música, desarrollado en los años setenta para la psicoterapia con LSD. Bajo esa lógica, el psicólogo Bill Richards construyó la lista de Johns Hopkins siguiendo tres actos: temas estables y sin letra para la entrada, piezas expansivas para el pico de la experiencia y música más reconocible, con letra, para el regreso.

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El hallazgo de Stanford

Publicado el 8 de octubre en la revista Scientific Reports, el estudio de la Facultad de Medicina de Stanford utilizó aprendizaje automático para analizar 45,1 horas de audio repartidas en ocho listas usadas en investigación con psilocibina, entre ellas las de Johns Hopkins, el Imperial College de Londres, el Instituto Chacruna, la Universidad de Copenhague y Compass Pathways.

Sobre 369 pistas, el modelo apenas superó al azar a la hora de identificar si un tema correspondía a la entrada, el pico o el cierre: un 62% de las pistas de entrada quedaron mal clasificadas, y solo tres de las ocho listas mostraron algo de esa organización por fases.

¿Importa la música?

Los propios autores insisten en que el hallazgo no resta importancia a la música dentro de la terapia psicodélica, solo cuestiona la plantilla. Un estudio de 2018 del Imperial College con 19 pacientes con depresión resistente al tratamiento ya había encontrado que la forma en que cada persona vivía la música durante la sesión predecía la mejoría una semana después, mientras que la intensidad de la dosis no.

Música a medida

Para el equipo de Stanford, la relevancia terapéutica de la música podría depender menos de una trayectoria acústica genérica que de la resonancia emocional entre cada persona y lo que escucha. La receta de tres actos habría sido solo un primer borrador, útil para estandarizar los primeros ensayos, pero no necesariamente el formato definitivo.

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Fuente: DoubleBlind Magazine