Durante décadas, los psicodélicos fueron territorio cultural de la contracultura de izquierdas. Hoy, sin embargo, uno de sus mayores impulsores políticos en Estados Unidos es el Partido Republicano. La ibogaína —un alcaloide extraído de un arbusto africano y tradicionalmente asociado a rituales de iniciación en Gabón— se ha convertido en bandera de una insólita alianza conservadora. ¿Cómo se explica este giro?

Los veteranos, la llave del cambio

La respuesta está, en buena medida, en los veteranos de guerra. Estados como Texas han apostado fuerte por la investigación con ibogaína, destinando decenas de millones de dólares a ensayos clínicos, en gran parte impulsados por el drama del estrés postraumático y el suicidio entre exmilitares. Para muchos legisladores republicanos, apoyar tratamientos que podrían aliviar el sufrimiento de quienes sirvieron en el ejército no es una causa progresista, sino patriótica.

Un director legislativo de la organización Veterans Exploring Treatment Solutions describió el compromiso de Texas con la investigación como «un salto enorme» para la medicina psicodélica. Ese marco —los psicodélicos al servicio de los héroes de guerra— ha permitido que la ibogaína cruce la habitual frontera ideológica.

De la Casa Blanca a las legislaturas estatales

El respaldo llegó al máximo nivel con la orden ejecutiva firmada por el presidente Donald Trump en abril de 2026, que instó a la FDA a facilitar el acceso a psicodélicos —incluida la ibogaína, además de la psilocibina, la ketamina, el LSD y el MDMA— para pacientes con depresión mayor y trastornos por consumo de sustancias. La medida convirtió lo que era una causa marginal en política federal.

A escala estatal, el fenómeno se replica: varias legislaturas controladas por republicanos han seguido el modelo texano y estudian financiar investigación con ibogaína, en un movimiento que habría resultado impensable pocos años atrás.

Entre la promesa y la prudencia

El entusiasmo, no obstante, convive con serias advertencias médicas. La ibogaína puede afectar al ritmo cardíaco: es capaz de bloquear ciertos canales de potasio del corazón, prolongar el intervalo QT y desencadenar arritmias ventriculares potencialmente mortales, un riesgo vinculado a muertes súbitas tanto en entornos clínicos como informales. Por eso los protocolos de investigación más rigurosos la combinan con magnesio y una estricta monitorización cardíaca.

Un estudio de la Universidad de Stanford aportó munición a los defensores al concluir que la ibogaína, administrada con esas precauciones, reducía el estrés postraumático, la ansiedad y la depresión, y mejoraba el funcionamiento de veteranos con lesiones cerebrales traumáticas.

Una alianza reveladora

El caso de la ibogaína ilustra cómo los psicodélicos han dejado de encajar en las categorías políticas tradicionales. Que la derecha estadounidense abandere una sustancia otrora demonizada dice tanto de la desesperación por encontrar tratamientos eficaces para la salud mental como de la capacidad de estas moléculas para reordenar viejas fronteras culturales.

Fuente: The Austin Chronicle