Durante años, buena parte de la neurociencia psicodélica asumió que el LSD, la psilocibina o la MDMA amplifican el flujo de información que sube desde las áreas sensoriales hacia las regiones que sostienen el pensamiento abstracto. Un trabajo publicado en PNAS por un equipo de Stanford acaba de encontrar exactamente lo contrario.

De medir dónde a medir hacia dónde

La mayoría de los estudios previos trataban la actividad cerebral como si estuviera fija en su sitio: medían cuánto se activaba cada región y la comparaban con otra. Pero las señales cerebrales viajan. Se mueven de abajo hacia arriba —el procesamiento bottom-up, que reacciona a la información sensorial cruda— o de arriba hacia abajo, cuando el cerebro aplica expectativas y experiencias previas para interpretar lo que llega.

«El uso de psicodélicos crece más rápido que nuestra comprensión de cómo afectan al cerebro, sobre todo a escala de grandes redes», explicó Adam Pines, investigador posdoctoral de Stanford que lideró el trabajo junto a Leanne M. Williams. Para capturar ese movimiento, el equipo adaptó una técnica de visión por computadora llamada flujo óptico, habitualmente usada para seguir objetos entre fotogramas de un vídeo. Aplicada a las imágenes cerebrales, permite rastrear cómo se desplazan las señales sobre la superficie de la corteza, cuadro a cuadro.

Cuatro conjuntos de datos, dos especies

Los investigadores reunieron datos de cuatro estudios independientes. En el primero, catorce adultos sanos recibieron placebo, 80 o 120 miligramos de MDMA mientras se les escaneaba con resonancia magnética funcional. En el segundo, seis participantes tomaron 25 miligramos de psilocibina, un placebo o metilfenidato como placebo activo. En el tercero, dieciocho voluntarios recibieron LSD intravenoso o suero salino. El cuarto cambió de especie y de tecnología: catorce ratones recibieron LSD o sedantes, y su actividad neuronal se midió con imagen de calcio de campo amplio.

«Sacar conclusiones sólidas en estudios con psicodélicos es notoriamente difícil», señaló Pines. «Intentamos establecer nuestros resultados más allá de la duda razonable replicándolos en nueve comparaciones distintas.»

Menos ondas, y en otra dirección

En los cuatro conjuntos de datos, todos los psicodélicos redujeron significativamente la magnitud de las propagaciones corticales dentro de la red neuronal por defecto, el conjunto de regiones asociado a la introspección, la divagación mental y el sostenimiento de un sentido rígido del yo. Los sedantes administrados a los ratones produjeron el efecto opuesto, lo que sugiere que la reducción es específica de los psicodélicos y no un efecto genérico de cualquier psicoactivo.

Además, cambió la dirección: MDMA, psilocibina y LSD redujeron el porcentaje de señales que viajaban de abajo hacia arriba. En el estudio con psilocibina, esa atenuación seguía siendo visible en escaneos realizados hasta dos días después de la sesión. Y cuanto mayor era la reducción del flujo ascendente, más intensas eran las vivencias negativas reportadas: el temor a disolver el propio yo, la sensación de perder el control.

Una explicación para el beneficio y para el riesgo

El hallazgo ofrece una hipótesis biológica en dos direcciones. En la depresión rumiativa, caracterizada por pensamientos negativos automáticos, un exceso de propagaciones ascendentes podría alimentar esos bucles: reducirlas los interrumpiría. Pero en personas con riesgo de psicosis, que ya dependen en exceso de las expectativas top-down, recortar aún más el flujo ascendente podría agravar el desequilibrio y explicar por qué estas sustancias precipitan episodios psicóticos en individuos vulnerables.

Pines advierte que se trata de un efecto grupal, no de algo que ocurra en el cien por cien de las personas cada vez, y que el propio concepto de procesamiento ascendente sigue siendo un terreno mal cartografiado. «Nuestro estudio desafía uno de los supuestos centrales del campo», resumió. «Yo mismo esperaba lo contrario.»

Fuente: PsyPost