El congreso europeo de referencia en investigación psicodélica, el ICPR, se celebró este año en Haarlem (Países Bajos) con varios centenares de investigadores, clínicos, juristas y antropólogos en tres salas simultáneas. Lo llamativo no fue lo que hubo, sino lo que faltó: ninguna farmacéutica presentó resultados, no hubo charlas patrocinadas ni casetas comerciales. En un campo que durante casi una década fue narrado por las empresas que desarrollan estos fármacos, ese silencio se oyó más que cualquier ponencia.
La frase que nadie pone en un titular
El periodista Floris Wolswijk, que dirige el observatorio de investigación Blossom, dedicó su intervención al tema menos vistoso del programa: qué pasa después de que la ciencia funcione. Su tesis cabe en cuatro palabras. Una licencia europea es apenas la primera puerta. Después, un tratamiento debe superar la evaluación nacional de tecnologías sanitarias —el examen que decide si un sistema considera que vale la pena pagarlo—, conseguir una vía de pago real para todo el episodio asistencial y no solo para el fármaco, y por último disponer de los profesionales y las clínicas capaces de administrarlo.
Wolswijk puso una fecha sobre la mesa: incluso si cada paso encajara sin retrasos, un país como los Países Bajos no tendría una terapia psicodélica plenamente reembolsada antes de 2029. Y ese era el escenario optimista. Según su relato, la sala no parecía estar preparándose para 2029.
El precedente incómodo de la esketamina
El ejemplo que utilizó es el más cercano que existe: la esketamina, comercializada como Spravato, un tratamiento psiquiátrico novedoso, monitorizado y administrado en consulta que sí llegó a la aprobación regulatoria. En Inglaterra y Gales, el organismo que decide qué financia el sistema público de salud declinó recomendarlo e incluso rechazó volver a evaluarlo. El mismo fármaco sí está financiado en Escocia y en una veintena de países europeos. La aprobación no garantizó el acceso; ni siquiera dentro de un mismo país.
Y con los psicodélicos clásicos el problema se agrava. Una sesión de Spravato cabe en una cita de unas dos horas. La psilocibina, la MDMA o el LSD requieren cuatro, seis, ocho o incluso doce horas con dos terapeutas en la sala, más preparación e integración. Encajar eso en un código de facturación, un itinerario formativo y una agenda clínica pensados para pastillas y consultas breves sigue sin resolverse.
Chequia como test en tiempo real
El país que va más adelantado ilustra la distancia entre la ley y la camilla. La República Checa permite desde el 1 de enero de 2026 el uso médico de psilocibina para depresión grave y resistente, incluida la asociada al cáncer: es el primer marco nacional completo de la UE. Pero el instituto nacional de salud mental prevé que los primeros tratamientos reales no empiecen hasta el segundo semestre de 2026 y con apenas unas decenas de pacientes al año, porque las condiciones de reembolso todavía se están negociando.
En sentido contrario apunta Noruega, que en agosto de 2025 se convirtió en el primer país del mundo en aprobar el reembolso público a escala nacional de la ketamina racémica genérica —la forma original y barata, no la versión patentada en aerosol nasal— para depresión resistente, dentro de servicios especializados y acompañada de psicoterapia.
Ensayos negativos sobre el escenario
Otro síntoma de madurez del congreso: un simposio dedicado a estudios que fallaron. Un ensayo de ketamina para ideación suicida aguda se detuvo por futilidad, y su autor subrayó el detalle inquietante de que el cegamiento había funcionado: cuando los pacientes no sabían qué habían recibido, el efecto no se separó del placebo. Un ensayo de psilocibina para depresión resistente no alcanzó su objetivo principal. Y un estudio de microdosis repetidas de LSD para TDAH en adultos no superó al placebo, con un 80% de participantes adivinando correctamente si habían recibido el fármaco.
Frente a eso, un ensayo claramente positivo de terapia asistida con MDMA para TEPT en veteranos y primeros intervinientes, presentado por el laboratorio de Monash (Melbourne), logró remisión completa en alrededor de un tercio de los participantes. El mismo investigador fue explícito con el otro extremo del reparto: otro tercio no respondió en absoluto, y añadir sesiones de dosificación no ayudó de forma fiable.
La pregunta que casi nadie hace
El texto cierra con una observación que en un congreso psicodélico suena casi herética: no todo el mundo quiere tomar un psicodélico. Varios profesionales neerlandeses le contaron al autor que hoy hay más gente formada y dispuesta a ofrecer este trabajo que gente pidiéndolo. Es una impresión, no una medición, pero invierte el marco habitual del debate sobre acceso, que asume una cola de pacientes retenida solo por el sistema. Un tratamiento puede ser eficaz de verdad y aun así llegar a mucha menos gente de la que sugiere el entusiasmo, porque eficacia y demanda no son lo mismo.
Fuente: Lucid News
Foto: «Severalls – Blue Corridor», de artwork_rebel (CC BY 2.0), vía Openverse.