Los psicodélicos, durante décadas relegados a los márgenes de la medicina, han irrumpido en la agenda del gobierno de Trump como posibles tratamientos para la crisis de salud mental. Y uno concentra toda la atención: la ibogaína.

El 18 de abril de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva para acelerar la investigación y el acceso a estos compuestos, incluyendo una inversión de 50 millones de dólares para que los estados estudien cómo los psicodélicos pueden ayudar a quienes padecen enfermedades mentales graves. De todos los psicodélicos, la orden menciona por su nombre solo a uno: la ibogaína.

El comisionado de la FDA, Marty Makary, declaró que la sustancia podría estar pronto en camino de recibir aprobación federal. Se emitirán Vouchers de Prioridad Nacional para una revisión de uno a dos meses, frente al plazo estándar de un año. «Si se aprueban, estos medicamentos no se recogerán en una farmacia. Se administran en un entorno clínico controlado», aclaró.

Historia y mecanismo de acción

Extraída de la planta iboga del África Central, la ibogaína es utilizada desde hace siglos por los pueblos pigmeos como medicina sagrada. Llegó a los laboratorios occidentales en 1962 como posible tratamiento para las adicciones, pero fue catalogada como sustancia de Clase I en 1967 por el gobierno de Nixon, paralizando la investigación durante décadas.

Un estudio de Stanford publicado en 2024 documentó mejoras significativas en veteranos de guerra tratados con ibogaína en México. La Dra. Kirsten Cherian, que lideró el estudio, explica que la sustancia actúa sobre múltiples sistemas de neurotransmisores y puede durar de 24 a 36 horas, reorganizando las redes cerebrales. Esto la convierte en la más intensa de las terapias psicodélicas en investigación.

Riesgos que no se pueden ignorar

La ibogaína puede provocar arritmias cardíacas potencialmente fatales. Varios fallecimientos han sido asociados a su consumo. «Está siendo romantizada», advierte el Dr. Arnt Schellekens, de la Universidad de Radboud. «Ir a un tratamiento con ibogaína puede ser muy peligroso. Como científico y médico, siempre soy muy cauto con este tipo de sustancia.»

A pesar de los riesgos, un número creciente de veteranos estadounidenses viaja a México para recibir tratamiento. La organización Veterans Exploring Treatment Solutions ha financiado el tratamiento de más de 1.300 veteranos. El debate sobre si sus beneficios superan los riesgos apenas comienza a nivel federal, y los expertos advierten que 50 millones de dólares pueden resultar insuficientes para los estudios necesarios.


Traducido y adaptado desde CNN