En la terapia psicodélica, la música siempre ha ocupado un lugar extraño: omnipresente en el protocolo, casi ausente en la investigación. Una revisión publicada en la revista Brain and Behavior repasa seis décadas de trabajos y llega a una conclusión incómoda para el discurso centrado en la molécula: la respuesta emocional a la música predice la mejoría clínica mejor que la intensidad del efecto de la sustancia.
Los números que descolocan
En un ensayo abierto de psilocibina para la depresión, los investigadores puntuaron cuánto les gustaba la música a los pacientes, cuánto resonaban con ella y hasta qué punto se mantenían abiertos a ella. Esas puntuaciones correlacionaron entre 0,53 y 0,70 con las experiencias místicas y de insight, y entre 0,57 y 0,60 con la reducción de síntomas depresivos una semana después. La intensidad subjetiva del fármaco, en cambio, no mostró ninguna relación con las puntuaciones de depresión.
Un análisis independiente de 2024 apuntó en la misma dirección: la respuesta emocional a la música predecía el alivio de los síntomas incluso después de controlar por lo intensa que había resultado la experiencia farmacológica.
Qué le hace la música a un cerebro bajo psicodélicos
La revisión también recoge la evidencia de neuroimagen. Bajo el efecto de estas sustancias, escuchar música intensifica las emociones, activa redes ligadas al significado y a la imaginería visual, y aumenta la entropía neuronal: la actividad se vuelve más caótica y menos encajada en sus patrones habituales.
Con LSD, esa entropía sube tanto en áreas sensoriales básicas como en las redes de alto nivel encargadas del pensamiento complejo. La música amplía el abanico de estados cerebrales por los que pasa una persona y ralentiza el regreso al estado basal. Cuando los participantes escuchaban temas que ellos mismos habían calificado previamente como insignificantes, la sustancia los volvía significativos y encendía regiones asociadas a la autorreflexión. El acoplamiento entre el parahipocampo y la corteza visual —el cableado de la imaginería mental— correlacionó 0,65 con los informes de visiones internas vívidas.
«La música funciona como un potente modulador contextual», escriben los autores, «que da forma tanto a la actividad regional localizada como a la dinámica cerebral a gran escala». Todo ello encaja con las dos teorías dominantes sobre cómo actúan los psicodélicos: la hipótesis del cerebro entrópico y el modelo REBUS, que sostienen que estas sustancias aflojan los patrones habituales del cerebro y hacen que la entrada externa pese más.
Entonces, ¿qué ponemos?
Aquí es donde la evidencia se adelgaza. Solo dos estudios de toda la revisión probaron el género, la familiaridad de las piezas o el modo de reproducción. Un experimento de los años setenta con pacientes en tratamiento por alcoholismo comparó ausencia de música, música familiar, música desconocida y música con auriculares, y no encontró diferencias reales. Un ensayo de psilocibina de 2021 para dejar de fumar enfrentó música clásica occidental a música basada en armónicos: ni la profundidad de la experiencia mística ni las tasas de abandono del tabaco cambiaron, ni siquiera cuando los pacientes escuchaban su género preferido en la sesión final.
El predominio de lo ambiental y lo neoclásico procede sobre todo de la herencia de la musicoterapeuta Helen Bonny en los años setenta, y la evidencia que respalda esas elecciones concretas es más fina de lo que sugiere la reverencia que las rodea.
Cautelas
Solo un estudio empleó un diseño capaz de separar limpiamente el efecto del fármaco del de la música, y ninguno incluyó una condición sin música, así que la causalidad sigue fuera de alcance. Las muestras fueron pequeñas y sesgadas hacia personas blancas con alto nivel educativo, y la mayoría de las escalas musicales se construyeron para un único estudio y nunca se reutilizaron. La revisión recoge además trabajos cualitativos donde la música profundizó los estados místicos en algunos pacientes y removió emociones e imágenes desagradables en otros.
Fuente: DoubleBlind Magazine