Estados Unidos tiene un problema de contabilidad con los psicodélicos: el consumo crece —en contextos regulados, clínicos y por completo informales— y el sistema estadístico nacional no está diseñado para seguirle el rastro. La semana pasada, la agencia federal de salud mental y adicciones convocó en Washington una consulta de dos días para intentar arreglarlo.

El encuentro, titulado «Abordar los vacíos de datos para monitorear el uso y mal uso creciente de psicodélicos en EE.UU.», reunió a decenas de expertos bajo el paraguas de SAMHSA (Substance Abuse and Mental Health Services Administration).

Quién estuvo y quién no

Asistieron representantes de agencias federales, investigadores del campo psicodélico, reguladores estatales y emprendedores. La ausencia es tan significativa como la presencia: las empresas de desarrollo de fármacos no fueron invitadas. La decisión sugiere que SAMHSA quiso centrar la conversación en la vigilancia epidemiológica y la salud pública, no en el proceso de aprobación de medicamentos.

El contenido de las sesiones no se hizo público. Sí trascendió el marco general del trabajo: los asistentes revisaron lo que uno de los participantes describió como un «mosaico» de fuentes de datos sobre el uso de psicodélicos, tanto en contextos regulados como no regulados, e identificaron vacíos, oportunidades para armonizar los métodos de recolección y reporte, y posibles líneas de trabajo futuro.

El mosaico y sus agujeros

El problema de fondo es real. Las encuestas nacionales de consumo de drogas fueron diseñadas para sustancias con patrones de uso muy distintos, y agrupan bajo etiquetas amplias experiencias que van desde una microdosis semanal hasta una ceremonia de ayahuasca. Los sistemas de vigilancia de urgencias registran episodios adversos, pero no siempre distinguen la sustancia ni el contexto. Los programas estatales regulados —Oregón, Colorado— generan sus propios datos, con definiciones y periodicidades que no coinciden entre sí ni con los registros federales.

A eso se suma la parte más difícil de medir: el uso no regulado, que sigue siendo, con diferencia, el más extendido. Un estudio de RAND publicado este año estimó que unos diez millones de personas practicaron microdosificación en Estados Unidos durante 2025, una cifra que ningún sistema oficial de vigilancia estaba capturando.

Por qué importa ahora

La consulta llega en un momento de aceleración regulatoria. Con la posible aprobación de la primera psilocibina de uso médico en el horizonte de 2027, varios estados ampliando sus programas de acceso y una orden ejecutiva federal impulsando la investigación, la base de datos sobre la que se tomarán decisiones de política pública en los próximos años se está construyendo ahora.

Sin métricas comparables, las preguntas que interesan a reguladores y clínicos —cuánta gente consume, en qué contextos, con qué frecuencia aparecen efectos adversos graves, qué poblaciones están más expuestas— seguirán respondiéndose con estimaciones fragmentarias. El editor de Psychedelic Alpha, Josh Hardman, presentó en la consulta un panorama del emergente paisaje regulado de uso de psicodélicos y de los datos que puede generar, con foco en Estados Unidos pero también en vías de acceso internacionales como la australiana.

Imagen: «Glowing Washington DC Capitol» de Bold Frontiers, licencia CC BY vía Openverse.

Fuente: Psychedelic Alpha