El psiquiatra Humphry Osmond, que acuñó la palabra «psicodélico», resumió estas sustancias en 1956 con un verso que enviaba por correo a Aldous Huxley: servían para «sondear el infierno o remontar el vuelo». El orden no era casual. Siete décadas después, la ciencia ha estudiado con detalle el vuelo y apenas ha mirado el infierno, sobre todo cuando ese infierno no termina al bajar el efecto de la sustancia.

Un vacío de datos que empieza a llenarse

El «mal viaje» es parte del folclore psicodélico, pero casi no existen datos sobre las dificultades que persisten después de la experiencia. Un estudio de métodos mixtos con 608 personas que reportaron dificultades prolongadas, firmado por Jules Evans y colegas, encontró que los problemas se extendieron más de un año en aproximadamente un tercio de los casos y más de tres años en un sexto.

Las encuestas poblacionales aportan otra escala. En adultos estadounidenses que habían usado psicodélicos clásicos, el grupo de Simonsson halló que cerca del 9% reportó dificultades que afectaron su funcionamiento durante más de un día, un 3,4% efectos angustiantes de más de un mes y un 2,6% buscó ayuda médica, psiquiátrica o psicológica en los días y semanas posteriores a su experiencia más difícil. Una encuesta más reciente del mismo equipo sitúa las dificultades posagudas en 6,4%, con un 1,3% que las arrastró más de un año.

Puestas sobre los aproximadamente 31 millones de adultos estadounidenses —cerca del 12% de la población, una cifra a la que también llega de forma independiente la Corporación RAND— que han probado psilocibina al menos una vez, una tasa del 2,6% equivale a unas 800.000 personas que necesitaron apoyo profesional después de un viaje.

El estudio P-Psych: 800 voluntarios buscados

Ese es el punto de partida del Post-Psychedelic Challenges Study, un consorcio internacional que reúne a la Universidad de Emory, la Universidad Brown, la Universidad de Melbourne y la Universidad del Norte de Texas, dirigido por el doctor Roman Palitsky. El proyecto se inspira en el trabajo de Willoughby Britton sobre las dificultades que puede provocar la meditación y busca establecer la «huella clínica» de las secuelas psicodélicas: qué síntomas y síndromes aparecen realmente, con qué lenguaje puede describirlos un clínico, cuánto duran y —sobre todo— qué ayuda a salir del cuadro.

El equipo busca 800 adultos residentes en Estados Unidos, Canadá o Australia que hayan atravesado dificultades una vez pasados los efectos agudos. Ya han reclutado cerca de 200 participantes, lo que según los investigadores constituye el mayor conjunto de datos existente sobre el tema. Cuatrocientas personas con dificultades activas serán seguidas durante un año, con controles cada dos meses y un diario de voz semanal a través de una aplicación llamada Fabla.

El estudio abarca psicodélicos clásicos —psilocibina, LSD, ayahuasca y DMT, 5-MeO-DMT, peyote, San Pedro y mescalina— y también MDMA y ketamina. El cannabis queda expresamente fuera. Entre las dificultades reportadas hasta ahora figuran cambios negativos del estado de ánimo, síntomas somáticos, disociación y crisis espirituales o existenciales. La participación es remunerada.

Hablar de los riesgos no es estar en contra

Josh Lipson, psicólogo y becario posdoctoral del Emory Center for Psychedelics and Spirituality, defiende el enfoque con un argumento pragmático: cuando quienes promueven los psicodélicos maquillan las historias incómodas, el público termina desconfiando de todo el proyecto de normalización. Décadas después de su aprobación, recuerda, todavía se discute el balance de riesgo y beneficio de los ISRS, y hay consenso sobre los peligros de dependencia de benzodiacepinas y opioides sin que eso invalide su uso médico.

Hoy, alguien que llega a una consulta o a una guardia meses después de un viaje, todavía sin sentirse bien, se encuentra con un campo que casi no tiene nada que ofrecerle. Cambiar eso es, según los autores, la razón de ser del proyecto.

Fuente: Lucid News

Foto: VinothChandar — licencia CC BY 2.0, vía Openverse.