Un pariente lento del peyote

Durante dos décadas, miles de personas viajaron a Perú, Ecuador, Colombia o Brasil buscando ayahuasca. Pero otra planta sagrada andina empieza a robarle protagonismo: el huachuma, el cactus conocido como San Pedro. Su nombre científico es Echinopsis pachanoi, crece a lo largo de la cordillera de los Andes y contiene mescalina, el mismo compuesto psicoactivo que el peyote. Restos hallados en una cueva peruana sugieren que su uso ceremonial se remonta unos 8.000 años, y aparece tallado en piedra en Chavín de Huántar, un complejo ceremonial de 3.000 años de antigüedad, en las manos de una deidad con colmillos.

Una experiencia que no se apura

A diferencia de la ketamina, cuyos efectos duran alrededor de una hora, o de la psilocibina, que ronda las cinco horas, los efectos de la mescalina se extienden en promedio unas once horas. Una ceremonia de huachuma ocupa el día entero: el té amargo se bebe por la mañana, el efecto llega despacio y se sostiene hasta el atardecer, mientras los participantes caminan, comparten comida y conversan, en contraste con las ceremonias nocturnas de ayahuasca. Según la antropóloga médica Pardis Mahdavi, que entrevistó a cientos de buscadores —veteranos, policías, ejecutivos, enfermeras— entre Arizona, México y Costa Rica, lo que atrae a esta planta es que «quita la cabeza» en lugar de producir visiones abrumadoras: menos pensamiento, más sensación de apertura emocional, algo cercano a lo que la MDMA provoca como empatógeno.

No es para cualquiera

La mescalina eleva la frecuencia cardíaca y la presión arterial, por lo que no se recomienda a personas con afecciones cardiovasculares, ciertos antecedentes psiquiátricos o determinados medicamentos. Sigue siendo una sustancia de Lista I en Estados Unidos, así que su uso —incluso con fines terapéuticos— es formalmente ilegal, aunque cultivar el cactus no lo sea. Como no existe una dosis estandarizada en una preparación casera y la potencia varía de planta a planta, los facilitadores sin entrenamiento representan un riesgo real: guiar una ceremonia implica evaluar antecedentes de salud, conocer la potencia de lo que se sirve y acompañar diez horas o más.

La deuda con quienes lo cuidan

El boom global de la ayahuasca dejó una advertencia: retiros de lujo, facilitadores improvisados y ceremonias vaciadas de los cantos, dietas y compromisos comunitarios que les daban sentido, mientras las comunidades indígenas que desarrollaron la práctica apenas vieron beneficio económico. Los curanderos consultados por Mahdavi insisten en que servir huachuma de forma ética empieza mucho antes de beber el té: cultivar la propia planta, replantar un brote por cada brazo cosechado —de modo que la planta sobreviva a la cosecha—, formarse con maestros de la tradición y no con tutoriales de internet, y reconocer abiertamente el origen andino de la práctica en lugar de presentarla como invención propia.

Imagen: «Flowering San Pedro cactus» de Micah & Erin (CC BY-SA 2.0, vía Flickr/Openverse).

Fuente: The Conversation / Medical Xpress