Una biotecnológica pequeña, un contrato de 1.200 millones
Gilgamesh Pharmaceuticals nació en Nueva York en 2019 como una apuesta modesta dentro de un campo que todavía cargaba con el estigma de la contracultura. Su fundador, el psiquiatra Jonathan Sabbagh, reunió un equipo de científicos para desarrollar análogos de moléculas psicodélicas —versiones modificadas de compuestos como la DMT— con la esperanza de conseguir los mismos beneficios terapéuticos con perfiles más manejables para la industria farmacéutica tradicional.
La apuesta dio resultado. La farmacéutica AbbVie pagó 1.200 millones de dólares por la bretisilocina, el programa insignia de Gilgamesh dirigido al tratamiento de la depresión mayor, un análogo de la DMT que la compañía considera especialmente «duradero» en sus efectos clínicos. Antes de esa venta, Gilgamesh había levantado 150 millones de dólares en financiación privada; después del acuerdo, sumó otros 70 millones para seguir desarrollando el resto de su cartera de compuestos.
El efecto dominó en la gran farmacéutica
El caso de Gilgamesh no es aislado: describe el momento que atraviesa toda la industria. Otsuka Pharmaceutical pagó 700 millones de dólares por Transcend Therapeutics y su análogo de MDMA para el estrés postraumático. Eli Lilly desembolsó 2.800 millones de dólares para adquirir AtaiBeckley. Hasta compañías más pequeñas, como Jupiter Neurosciences, están entrando en la carrera con acuerdos multimillonarios por activos relacionados con la MDMA.
Según A.J. Cannon, director médico de neurociencia en AbbVie, lo que convenció a la compañía no fue solo el mecanismo novedoso del compuesto, sino los datos que sugieren que sus efectos se sostienen en el tiempo, algo poco común entre los antidepresivos actuales.
Por qué ahora
El giro de las grandes farmacéuticas hacia los psicodélicos venía gestándose antes de cualquier decisión política: los acuerdos de Otsuka y AbbVie se cerraron meses antes de que la administración Trump firmara en abril de 2026 una orden ejecutiva para acelerar la revisión regulatoria de estos compuestos. Pero esa orden —que instruyó a la FDA a priorizar los tratamientos psicodélicos para enfermedades mentales graves— terminó de convencer a los inversionistas de que el camino regulatorio, antes incierto, se estaba despejando.
Lo que viene
Para los analistas del sector, el acuerdo de Gilgamesh marca un punto de inflexión simbólico: los psicodélicos dejaron de ser una curiosidad de nicho y se convirtieron en una clase de fármacos por la que compiten abiertamente las compañías más grandes del mundo. La bretisilocina todavía debe superar ensayos clínicos de fase avanzada antes de llegar al mercado, pero su historia ya cambió la forma en que Wall Street mira a este campo.
Fuente: Forbes