Cuando se habla de la cultura psicodélica contemporánea, la imagen que suele venir a la mente es la de la contracultura blanca y occidental de los años sesenta. Para el educador, investigador y organizador de eventos Darren Springer, esa imagen borra una historia mucho más larga y menos contada: la de las tradiciones africanas de uso ritual de plantas y sustancias psicoactivas, presentes en el continente desde hace milenios.
De lector escéptico a divulgador
Springer cuenta que su propio punto de partida fue un libro sobre experiencias con DMT, en el que los testimonios de personas —mayoritariamente europeas— describían visiones de deidades egipcias y africanas durante sus viajes. La contradicción le resultó imposible de ignorar: si esas imágenes tenían raíces africanas, ¿por qué las personas negras estaban tan ausentes de esas conversaciones? Esa pregunta lo llevó a investigar durante años las tradiciones espirituales de su propio continente de origen.
Una historia opacada por el colonialismo
Springer sostiene que prácticas como el vudú —cargadas en los medios occidentales de connotaciones negativas— comparten una raíz común con tradiciones indígenas de uso de plantas sagradas en América y Asia, aunque rara vez se les da a las culturas africanas el crédito de haber sido, según él, guardianas históricas de ese conocimiento. Para las comunidades afrodescendientes que fueron desplazadas por la fuerza durante la trata esclavista, esa desconexión con las tradiciones originales llevó a la creación de nuevas prácticas, adaptadas a los materiales y contextos disponibles en cada lugar de destino.
El reto de romper el tabú
Springer también señala una barrera adicional dentro de las propias comunidades negras: generaciones marcadas por la propaganda antidrogas y por el impacto desproporcionado de la guerra contra las drogas ven con recelo cualquier sustancia psicoactiva, incluidas aquellas con un uso espiritual documentado durante siglos. A eso se suma que los ensayos clínicos sobre psicodélicos han incluido históricamente muy poca representación de personas de la diáspora africana, lo que perpetúa la sensación de exclusión.
Un punto de partida: la propia familia
Ante la pregunta de por dónde empezar a reparar ese vacío, Springer no recomienda un documental ni un libro en particular, sino una tarea más íntima: conversar con los propios familiares y mayores para reconstruir de dónde viene cada quien. Para él, ese ejercicio de memoria familiar es, en sí mismo, un primer paso hacia una relación más consciente con estas tradiciones y con la propia identidad.
Fuente: DoubleBlind Mag