Cuando alguien cuenta su experiencia con ayahuasca, casi siempre habla de lo que vio: geometrías, serpientes, seres luminosos. Casi nunca de lo que oyó. El antropólogo David Dupuis, investigador del Instituto Francés de Salud e Investigación Médica en París, encontró que casi el 80% de los usuarios escucha voces. Y que muchos siguen escuchándolas cuando el efecto de la planta ya pasó.
Un hallazgo que salió del trabajo de campo
Dupuis lleva años estudiando el turismo chamánico: europeos que viajan a la Amazonía peruana para participar en ceremonias. Siguió a unos cien participantes, hizo entrevistas y trabajó con líderes locales. «Empecé a observar que las voces eran bastante importantes», explica en una entrevista con The Microdose. Le extrañó no encontrarlas en la literatura, que era «todo sobre visiones».
La primera sorpresa fue otra: las visiones no eran tan comunes como esperaba. Para muchas personas eran fragmentadas, y sólo se volvían nítidas con el tiempo, en un proceso de aprendizaje. Las más frecuentes eran visiones psicológicas y autobiográficas —secuencias muy precisas de la propia biografía, cargadas de emoción—. Los patrones geométricos, en cambio, los describía todo el mundo, con independencia del contexto social: parecen depender más de procesos biológicos.
El 80% oye voces, y con la práctica aprende a manejarlas
Como posdoctorando, Dupuis se incorporó al proyecto Hearing the Voice de la Universidad de Durham, un grupo interdisciplinar que estudia la escucha de voces en distintos contextos: psicosis, pero también contextos no clínicos como los espiritualistas del noreste de Inglaterra. Él se encargó del grupo de usuarios de ayahuasca, con cuestionarios y entrevistas en profundidad, para comprobar cuantitativamente lo que había visto en campo.
Cerca del 80% escuchaba voces durante la sesión, y también después. Y apareció un patrón de aprendizaje: tras unas veinte ceremonias, las personas desarrollaban la capacidad de distinguir voces, dialogar con ellas y limitar o borrar las que resultaban perturbadoras. «No es un simple automatismo farmacológico», señala. «Hay algo parecido a un aprendizaje social alrededor de las voces, basado en el ritual.»
No es exactamente sonido
La fenomenología es peculiar. Un ser aparece y empieza a hablarte, pero no suele ser plenamente auditivo: se describe como una especie de telepatía, un diálogo que no necesita sonido. «No ves necesariamente una boca moviéndose, no oyes necesariamente un sonido, pero hay esa experiencia parecida a una voz, un poco como el diálogo interno. Tienes la clara sensación metacognitiva de que esa voz es externa.»
Dupuis admite que al principio creía que la frase «la ayahuasca me dijo» era una metáfora para hablar de intuiciones. Hasta que tuvo sus propias experiencias: «Me di cuenta de que a veces es la sensación de estar claramente conversando con algo».
¿Y cómo saben que no es su propia voz? Las respuestas que recogió fueron consistentes: «Es mucho más inteligente que yo, yo no podría tener esas ideas por mí mismo». También más empática de lo que ellos serían consigo mismos. Muchos mencionaban la sorpresa por el contenido, y los chistes. La idea de que la ayahuasca es bromista aparecía todo el tiempo.
Voces que angustian y la gestión colectiva del sentido
También hay voces críticas, que empujan a la culpa o al desamparo, y suelen combinarse con visiones perturbadoras: ratas, demonios. Dupuis observó que después de las ceremonias había un grupo de palabra donde cada participante compartía su experiencia y los líderes intervenían: «Esta voz no es buena, es un demonio. Esta voz es buena, es la voz de la ayahuasca». El criterio era funcional: si inspira miedo o culpa, no viene del lado bueno; si aporta soluciones, comprensión, apoyo o alegría, sí.
Algunos usuarios expertos conservan la capacidad de oír voces sin tomar ayahuasca. Podría interpretarse como un brote psicótico, admite Dupuis, pero la fenomenología no coincide: estas voces son de apoyo. Y hay técnicas documentadas para «mantener viva esa relación», algo que encaja con las etnografías del chamanismo indígena, donde los chamanes usan sustancias durante su formación, luego las dejan y alimentan a los espíritus con tabaco.
Por qué nadie preguntaba
Dupuis apunta a un sesgo cultural. En el norte global, la vista es el sentido dominante, y las visiones son espectaculares: se memorizan, se escriben, se cuentan. Las voces son más sutiles —una frase, una conversación, la sensación de ser interpelado— y si no se pregunta específicamente por ellas, quedan en el fondo de la entrevista. La mayoría de los cuestionarios fenomenológicos incluyen muchas preguntas sobre lo visual y casi ninguna sobre lo auditivo.
Hay además una razón teórica. «Una visión puede interpretarse como una imagen simbólica: es intuitivo y fácil. Pero una voz implica inmediatamente comunicación, agencia externa. ¿Quién habla? Pasa de una percepción a una relación, y eso es más complicado de tratar.»
Fuente: The Microdose
Imagen: «Storm in the Amazon Rainforest River», James Martins — CC BY 3.0.