El periodista sudafricano Kimon de Greef empezó a interesarse por los sapos psicodélicos en 2020, cuando supo que estaban siendo capturados de forma masiva en el desierto de Sonora. Seis años después publica The Ego Trip, un libro sobre el comercio de secreciones de Incilius alvarius, el único animal del que se conoce que produce un compuesto psicodélico potente. Un extracto apareció esta semana en el boletín The Microdose, del Centro para la Ciencia de los Psicodélicos de la Universidad de California en Berkeley.

De animal sagrado a materia prima

El relato arranca en 2014, con la visita del naturalista Robert Villa a territorio yaqui, en Sonora. La comunidad enfrentaba entonces amenazas ambientales serias —entre ellas un acueducto que drenaría el río Yaqui— y una escalada de violencia que convirtió a México en el país más peligroso del mundo para activistas ambientales. En medio de ese cuadro, Villa detectó una economía nueva: la recolección a gran escala de sapos del desierto.

El contraste es brutal. En la mitología yaqui el sapo, boboc, roba el fuego a los dioses y engaña al Rey de la Lluvia para terminar una sequía; los animales eran decorados con cintas y paseados en ceremonias para pedir agua. Hoy se los captura por gramos de secreción seca. Circulan rumores de camiones cargados con toneladas de ejemplares.

Una especie que no estaba preparada para nosotros

Los anfibios son el grupo de vertebrados más amenazado del planeta: cerca del 40% de las aproximadamente 8.000 especies conocidas están en riesgo de extinción. En México, la pérdida de hábitat, el cambio climático y el hongo quítrido ya causaron colapsos poblacionales. El sapo de Sonora había sobrevivido a la desertificación de la región durante milenios enterrándose bajo tierra, e incluso se benefició de los canales de riego hohokam y de los pozos profundos del siglo XX. Lo que no anticipó fue a un depredador capaz de levantarlo del suelo y exprimirle las glándulas.

Intermediarios, cárteles y «el estado mesiánico»

La distribución cambió de escala cuando el practicante Octavio Rettig empezó a ordeñar miles de sapos por temporada a partir de 2006. Como el hábitat de la especie es endémico, toda la oferta mundial sale del mismo desierto: justo el territorio que la guerra contra el narcotráfico volvió intransitable. En 2016, el documentalista Dean Jefferys fue detenido a punta de pistola por hombres armados mientras buscaba sapos de noche; semanas antes, una mujer estadounidense había sido secuestrada haciendo lo mismo.

En ese vacío aparecieron intermediarios locales. Uno de los primeros, Carlos Barraza, llegó a ser uno de los mayores proveedores del mundo. Su antiguo cliente Mario Garnier, exproductor de televisión, pasó de comprar diez gramos al mes a cien y tendió lo que él llama «el puente de la medicina» hacia España, Países Bajos y Alemania. Su balance es amargo: «La molécula es como el anillo de Tolkien. Genera codicia. Sed de poder». De sí mismo dice que estaba «en estado de Mesías».

La salida más simple

De Greef cierra su extracto con una recomendación que no exige matices: la misma experiencia está disponible sin dañar a ningún animal, usando 5-MeO-DMT sintético. Es también la posición de Villa, que impulsó una campaña con una consigna difícil de discutir: «Protege al sapo del desierto de Sonora. Viaja con responsabilidad».

Fuente: The Microdose