La mayoría de los estudios de neuroimagen sobre psicodélicos han mirado el cerebro desde lejos: cómo se comunican entre sí grandes redes separadas por centímetros de tejido. Un nuevo análisis publicado en European Journal of Neuroscience hace lo contrario. Se acerca hasta el nivel de los pequeños vecindarios neuronales y descubre que el LSD hace algo muy concreto: rompe la sincronía local, la coordinación entre células que están literalmente pegadas unas a otras.
Dos formas de medir el reposo
El equipo, dirigido por Paolo La-Torraca-Vittori (Universidad de Pavía) y Livio Tarchi (Universidad de Florencia), reanalizó una base de datos abierta con escáneres cerebrales de 15 adultos sanos. Cada participante pasó por el escáner dos veces, separadas al menos dos semanas: un día recibió suero salino y otro una dosis alucinógena moderada de LSD por vía intravenosa. Las imágenes se tomaron alrededor de una hora después de la administración, en el pico de la experiencia, con los ojos cerrados.
Los investigadores calcularon dos métricas poco habituales en esta literatura. La primera mide la amplitud de las fluctuaciones de baja frecuencia: la potencia de las ondas lentas y espontáneas en una zona muy localizada. La segunda evalúa la homogeneidad regional, es decir, hasta qué punto un pequeño parche de tejido cerebral late al unísono con sus vecinos inmediatos.
Ruido donde antes había orden
Bajo LSD, ambas métricas cayeron de forma generalizada. Los descensos fueron especialmente marcados en las cortezas visual y somatosensorial, las áreas que procesan la vista y el tacto. En términos prácticos: los grupos de neuronas dejan de tocar la misma nota y empiezan a operar cada uno por su cuenta.
Los autores interpretan que esa fragmentación local obliga al cerebro a abandonar su jerarquía habitual de procesamiento. Normalmente las regiones sensoriales procesan lo básico y envían el resultado hacia arriba, a las áreas asociativas que interpretan. Con LSD esa jerarquía se aplana y la información se integra de forma amplia por toda la corteza, mezclando sensaciones visuales y corporales. Es una lectura compatible con la hipótesis del cerebro entrópico, según la cual los psicodélicos empujan al cerebro hacia estados más desordenados y, por eso mismo, más flexibles.
La caída de las fluctuaciones lentas fue especialmente pronunciada en zonas de la red neuronal por defecto, asociada al reposo, la ensoñación y la autorreflexión, cuya alteración se vincula habitualmente con la disolución del yo. La homogeneidad regional, por su parte, se desplomó en estructuras profundas como el tálamo y la amígdala, centrales para el relevo sensorial y el procesamiento emocional.
Más receptores de los que se pensaba
El hallazgo más llamativo aparece al superponer estos cambios sobre mapas de densidad de receptores. Como era previsible, parte del patrón se relacionó con el receptor de serotonina 5-HT2A, el objetivo principal del LSD. Pero los descensos también reflejaron con solidez la distribución de los receptores de dopamina D2 y del receptor serotoninérgico 5-HT1A. Las áreas con menos de estos receptores fueron las que más perdieron sincronía, lo que sugiere que ciertas regiones podrían estar protegidas del efecto desincronizador, o bien que el fármaco activa indirectamente esas vías.
Cautelas
Los propios autores enumeran limitaciones importantes. La muestra es pequeña —15 personas— y requiere replicación. Se usaron mapas de densidad de receptores de población general, no de los cerebros concretos de los participantes. Y los escáneres de reposo se realizaron después de una sesión de escucha musical, cuyos efectos residuales podrían haber influido en los datos.
El estudio, titulado «Knocking at the Doors of Perception», encaja en un esfuerzo más amplio por entender no solo qué hacen los psicodélicos, sino dónde y cuándo lo hacen: un paso previo necesario para diseñar terapias más precisas.
Fuente: PsyPost