Durante años, el debate público sobre los psicodélicos se movió entre dos extremos: la promesa terapéutica y la advertencia genérica sobre los riesgos. Faltaba algo en el medio: un lugar al que ir cuando la experiencia deja secuelas que no se van. Ese hueco empezó a cerrarse en Baltimore, donde la Universidad Johns Hopkins abrió la primera clínica de Estados Unidos dedicada específicamente a estudiar y tratar las dificultades prolongadas asociadas al consumo de psicodélicos.

Qué atiende la Clinic for Post-Psychedelic Difficulties

El nuevo servicio se llama Clinic for Post-Psychedelic Difficulties y trabaja con personas que, tras una experiencia con psilocibina, LSD, MDMA u otras sustancias, arrastran síntomas que no encajan en los circuitos habituales de salud mental: ansiedad persistente, alteraciones perceptivas, despersonalización, insomnio o episodios de desregulación emocional que aparecen semanas o meses después.

La psiquiatra Azin Bekhrad, cofundadora y responsable del servicio, describió el objetivo en términos de infraestructura más que de consultorio: construir una red de profesionales que se comuniquen y colaboren para abordar los casos complejos, precisamente los que hoy rebotan de un especialista a otro sin encontrar a nadie con experiencia en el tema.

El costado que la investigación clínica no siempre captura

Los ensayos controlados seleccionan participantes con criterios estrictos, excluyen antecedentes psiquiátricos de riesgo y acompañan cada sesión con personal entrenado. El consumo real ocurre en otras condiciones. Diversos estudios han documentado que los alucinógenos clásicos pueden desencadenar episodios maníacos y cuadros del espectro bipolar incluso en personas sin historial previo, un dato incómodo en un momento de entusiasmo regulatorio y expansión del acceso.

La apertura de la clínica llega además cuando varios estados avanzan con programas de acceso supervisado y la FDA se prepara para audiencias sobre el uso terapéutico de estas sustancias. Cuantas más personas tengan contacto con psicodélicos, mayor será el número absoluto de experiencias difíciles, aunque el porcentaje se mantenga bajo.

No es un caso aislado

Johns Hopkins no será el único centro con este enfoque: se espera que la Universidad Emory, en Atlanta, ponga en marcha este mismo año una clínica orientada a eventos adversos vinculados a psicodélicos. La aparición casi simultánea de ambos servicios sugiere que el sistema sanitario estadounidense empieza a tratar las secuelas psicodélicas como una categoría clínica propia, con protocolos y derivación específicos, y no como una rareza anecdótica.

Para quienes trabajan en reducción de riesgos, el mensaje es doble. Por un lado, reconoce algo que los servicios de acompañamiento en festivales y las líneas de ayuda vienen señalando hace décadas: las experiencias difíciles existen y necesitan respuesta profesional. Por otro, instala esa respuesta dentro de la medicina académica, con capacidad de generar datos, publicar resultados y formar terapeutas.

La pregunta que queda abierta es de escala. Dos clínicas universitarias difícilmente alcancen para un país donde millones de personas reportan haber usado psicodélicos en el último año. Pero establecen un precedente y, sobre todo, un lugar concreto adonde derivar.

Fuente: Scientific American

Foto: Good Eye Might — licencia CC BY, vía Openverse.