Casi toda la investigación sobre raves y psicodélicos mira el mismo momento: la fiesta. Lo que ocurre en las horas de música, baile y estimulación. Pero para quien va con regularidad, la experiencia empieza mucho antes de llegar y no termina cuando se apagan los parlantes. Ese hueco es el que fueron a llenar Yula Milshteyn, de la Universidad Bar-Ilán, y Moshe Bensimon en un estudio publicado en el Journal of Substance Use and Addiction Treatment.

El hueco importa por una razón práctica: la preparación influye en el riesgo asociado al consumo, y las secuelas físicas o psicológicas difíciles muchas veces no se manifiestan hasta que el evento terminó.

Quiénes hablaron

Los investigadores entrevistaron a 27 asistentes israelíes habituales a raves que consumen psicodélicos. La media de edad era de 38,3 años: 18 hombres y nueve mujeres. Diez declararon usar MDMA en las fiestas, 15 LSD, y dos describieron combinaciones de LSD o MDMA con alcohol o marihuana.

En lugar de cuestionarios con respuestas prefijadas, se optó por entrevistas semiestructuradas y se analizó cómo los propios participantes describían e interpretaban su experiencia. De ahí salieron cinco temas sobre el antes y cuatro sobre el después.

El antes: un rito de paso

El hallazgo más interesante es que la preparación no es meramente logística. Los entrevistados describieron rituales físicos y preparación relacionada con las sustancias, excitación y sensaciones corporales mezcladas, intentos deliberados de despejar pensamientos negativos, vínculo social con los amigos, y tareas prácticas como organizar comida, ropa, agua y carpas.

Los autores leen ese conjunto a través de la idea de «rito de paso»: abandonar temporalmente las rutinas ordinarias antes de entrar en un entorno social distinto. No es solo hacer la mochila; es una transición.

El después: lo bueno y lo malo, en las mismas personas

Los días posteriores también resultaron variados, y no en una sola dirección. Los participantes reportaron cansancio, mareos, dolores de cabeza, náuseas y vómitos. En lo emocional apareció alegría, confianza y sensación de empoderamiento, pero también estados de ánimo bajos de tipo depresivo y cambios bruscos de humor. Algunos describieron giros positivos en su rumbo creativo o musical; otros, menos concentración y atención. La mejora de amistades y de la sociabilidad fue otro tema recurrente.

La conclusión de los autores es deliberadamente incómoda para cualquier relato simple: el estudio no respalda ni la versión de la rave como experiencia puramente beneficiosa ni la de daño puro. Las mismas personas podían describir cambios sociales o emocionales significativos junto a consecuencias físicas y psicológicas desagradables. «Tras las raves, los participantes vuelven a su vida normal, pero con cambios en aspectos físicos, emocionales, cognitivos y sociales», escriben.

Los límites

Conviene tomarlo con pinzas metodológicas: la muestra es pequeña, autoseleccionada y mayoritariamente masculina, no se registraron las dosis exactas y no hubo mediciones objetivas del estado psicológico o cognitivo de los participantes. Es un retrato en profundidad de un grupo concreto, no una radiografía generalizable.

Aun así, la implicación para la reducción de riesgos es directa. Si el ritual previo ya incluye despejar la cabeza, coordinar con amigos y organizar agua y refugio, ahí hay una ventana concreta para incorporar información y prácticas de cuidado. Y si las secuelas emocionales aparecen recién a los días, la ventana de acompañamiento tampoco debería cerrarse cuando termina la fiesta.

Fuente: PsyPost