Cuatro semanas después de una única dosis alta de psilocibina, el cerebro de 25 voluntarios sanos seguía comportándose de otra manera. No solo era más variable: había cambiado la dirección en la que circulaba la información. Es lo que sugiere un trabajo publicado en Human Brain Mapping por un equipo internacional liderado desde la Universidad de California en San Francisco (UCSF), que combinó resonancia magnética funcional con modelos computacionales del cerebro.

Un diseño con control interno

Los participantes, ninguno con experiencia previa con psicodélicos, pasaron por tres escáneres. El primero sirvió de línea base. Al día siguiente recibieron 1 miligramo de psilocibina, una cantidad demasiado baja para producir efectos perceptibles, que funcionó como condición de control. Cuatro semanas más tarde repitieron el escáner y, al día siguiente, recibieron la dosis activa de 25 miligramos. El tercer y último escáner llegó otras cuatro semanas después. Cada visita incluyó además un cuestionario de bienestar mental cuya media poblacional es 51.

El foco estaba en los circuitos fronto-estriado-talámicos, las autopistas que conectan la corteza frontal —encargada de la planificación y el control— con estructuras profundas como el estriado y el tálamo, implicadas en la motivación, la recompensa y el filtrado sensorial.

Más variabilidad, menos corsé anatómico

Entre la línea base y el escáner posterior a la dosis de 1 mg no aparecieron diferencias estadísticamente significativas. Cuatro semanas después de los 25 mg, en cambio, la actividad de esas regiones se volvió notablemente más variable a lo largo de la sesión. Ese aumento de flexibilidad tendió a acompañarse de mejoras en las puntuaciones de bienestar de los propios participantes, controlando el bienestar previo, la actividad cerebral previa y el movimiento de la cabeza dentro del escáner.

Para entender el mecanismo, los autores simularon el cableado físico del cerebro. La anatomía funciona como una red de carreteras que restringe qué regiones pueden activarse juntas. El modelo indicó que, un mes después de la dosis alta, esa restricción estructural pesaba menos, lo que dejaba margen a patrones de actividad más diversos.

De arriba abajo a de abajo arriba

El segundo hallazgo tiene que ver con la conectividad efectiva: quién manda información a quién. Cuatro semanas después de los 25 mg, el flujo descendente desde áreas corticales superiores como la corteza prefrontal había disminuido, mientras que el flujo ascendente desde regiones subcorticales —tálamo, putamen— había aumentado.

Al superponer esos cambios sobre atlas públicos de receptores, la caída del control descendente coincidía con la distribución de los receptores de serotonina 5-HT2A en la corteza; el aumento del flujo ascendente, con la de los receptores de dopamina D2. «Uno de los aspectos más interesantes fue que el modelado computacional reveló mecanismos neuroquímicos que no habrían sido evidentes solo con las imágenes», explicó Lorenzo Pasquini, profesor asistente de Neurología en el Instituto Weill de Neurociencias de la UCSF.

Lo que el estudio no puede decir

Los propios autores marcan los límites con claridad. Veinticinco personas son pocas, y los parámetros del modelo son aproximaciones tentativas, no hechos biológicos. Todos recibieron las mismas dosis en el mismo orden, así que la costumbre al escáner o la expectativa de mejora pueden haber influido. Los atlas de receptores son promedios de grupo que borran las diferencias individuales. Y, sobre todo, el trabajo no mide serotonina ni dopamina directamente: «Nuestras conclusiones se basan en modelos informados por distribuciones de receptores conocidas», advirtió Pasquini. «Deben verse como hipótesis mecanicistas que habrá que poner a prueba».

El equipo, formado por investigadores de la UCSF, la Universitat Pompeu Fabra y el Imperial College de Londres, ya trabaja en ensayos longitudinales, con especial atención a adultos mayores.

Fuente: PsyPost

Imagen: National Institutes of Health (NIH), dominio público (PDM 1.0), vía Openverse.