Una autora que firma como vōx, crónicamente enferma y autista, relata en DoubleBlind Mag su primera ceremonia de ayahuasca, realizada en 2024, y el precio físico que pagó por una experiencia que, en lo espiritual, describe como transformadora.
Un cuerpo del que nadie preguntó lo suficiente
Antes de la ceremonia, su facilitadora revisó qué medicamentos tomaba, pero no profundizó en sus diagnósticos, en cómo su autismo podía traducirse en sobrecarga sensorial, ni en si necesitaba algún tipo de adaptación. Según la autora, esa falta de indagación es habitual en círculos donde la mirada espiritual suele pesar más que la científica a la hora de preparar a cada participante.
Una resaca que duró semanas
La mañana después de la ceremonia llegó con náuseas intensas, dolor de cabeza y una tensión muscular y articular que describe como devastadora. Se tardó semanas en recuperar su nivel habitual de salud, con una fatiga más marcada y una sensibilidad mayor a la luz, el sonido y el movimiento. Al investigar después, encontró una explicación posible: vive con síndrome de taquicardia postural ortostática (POTS), un trastorno del sistema nervioso autónomo, y la ayahuasca altera temporalmente ese mismo sistema, además de exigir al cuerpo a través de vómitos, diarrea, deshidratación y una activación muscular prolongada.
Un vacío de investigación que no es neutral
La autora subraya que existe abundante evidencia sobre cómo la ayahuasca afecta a participantes sanos, pero muy poca sobre cómo interactúa con cuerpos que ya cargan una complejidad médica previa. Las personas con enfermedades crónicas o condiciones del neurodesarrollo han quedado, en gran medida, fuera de los ensayos clínicos, lo que deja tanto a pacientes como a facilitadores tomando decisiones sin evidencia adaptada a esos casos.
Qué cambiaría con una preparación distinta
Lejos de arrepentirse de la experiencia, la autora insiste en que la pregunta no es si las personas discapacitadas o neurodivergentes deberían acceder a estos espacios, sino cómo hacerlo de forma segura: con espacios silenciosos donde poder recostarse, protocolos claros ante emergencias, revisión de medicación basada en evidencia y no solo en interpretación espiritual, y la posibilidad real de procesar la experiencia en soledad en lugar de asumir que todos buscan conexión social. Para ella, la idea de «entrega» y «apertura» que tanto se repite en estos espacios necesita, primero, que el sistema nervioso sienta que está a salvo, algo que en cuerpos que sobrevivieron gracias al control y la previsibilidad no puede darse por sentado.
Fuente: DoubleBlind Mag