Casi todos los ensayos modernos con hongos usan lo mismo: psilocibina sintética, 25 miligramos, en cápsula. Pero la psilocibina no es la molécula que produce el efecto. Es un profármaco: el cuerpo tiene que quitarle un grupo fosfato en el intestino y el hígado para convertirla en psilocina, que es la sustancia que finalmente llega al cerebro. Como esa conversión varía mucho de una persona a otra, una dosis fija puede dar experiencias muy distintas.

Un equipo de la Universidad de California en San Francisco decidió saltarse el paso intermedio. El resultado, publicado en el Journal of Psychopharmacology, es el primer estudio que administra psilocina directamente a seres humanos desde los años sesenta.

Veinte voluntarios, cuatro sesiones

Los investigadores, liderados por Marlene L. Tai y Josh Woolley, reclutaron a 20 adultos sanos de entre 25 y 50 años, todos con experiencia previa con psicodélicos. El diseño fue cruzado: cada participante recibió varios tratamientos distintos en sesiones separadas por cuatro semanas, de modo que cada persona funcionara como su propio control.

Las opciones fueron tres: una cápsula oral de psilocibina (25 mg), una cápsula oral de psilocina (17,5 mg, dosis calculada para equipararla) y una tableta sublingual de psilocina, que empezó en 2,18 mg y subió hasta 4,36 u 8 mg. Todas las sesiones ocurrieron en una sala clínica, con antifaz, música y un terapeuta presente. Las formulaciones no eran sintéticas sino extractos botánicos estandarizados de hongo entero, fabricados bajo estándares farmacéuticos.

Casi idénticas, salvo en los efectos adversos

La sorpresa fue que no hubo sorpresa. «Esperábamos que la psilocina apareciera más rápido, porque se salta un paso metabólico, y no fue así», explicó Woolley. El inicio, el pico de intensidad y la duración resultaron prácticamente indistinguibles entre ambas cápsulas, y las dos produjeron experiencias de tipo místico y percepciones psicológicas profundas.

La diferencia apareció en la tolerabilidad. La psilocibina oral se asoció a más efectos adversos moderados y graves —dolores de cabeza, ansiedad y un caso de pérdida transitoria de conciencia—, mientras que la psilocina oral dejó un saldo más leve. Las náuseas, en cambio, fueron similares en ambos grupos, lo que sugiere que el malestar digestivo no depende solo del metabolismo de la psilocibina. Woolley matiza: «La diferencia fue modesta, no dramática», y con 18 personas por condición se trata de «una señal a seguir, no una diferencia establecida».

El dato que descoloca

La vía sublingual resultó segura pero mucho más suave: menos intensidad subjetiva y menos respuesta cardiovascular, señal de que a esas dosis cautelosas no se alcanzó la exposición necesaria. Y sin embargo los participantes puntuaron en «avance emocional» y «claridad psicológica» de forma comparable a las dosis completas de 25 mg.

«Podría ser un falso positivo, o un efecto de la psicoterapia más que del fármaco», admite Woolley. «Pero si se sostiene, plantea una pregunta real: si hace falta una experiencia psicodélica intensa para obtener los beneficios psicológicos que la gente busca.» El equipo prepara un segundo trabajo con los mismos participantes, siguiendo variables como la soledad hasta los seis meses.

Los autores insisten en un punto: nada de esto respalda el consumo por cuenta propia. Todo se administró bajo supervisión médica continua y con productos de grado farmacéutico.

Fuente: PsyPost (estudio publicado en Journal of Psychopharmacology).

Foto: «Psilocybe Cubensis – Ecuador», de afgooey74, CC BY 2.0, vía Openverse.