Peter Max, el artista cuyos remolinos de color y siluetas cósmicas se convirtieron en el rostro visual del movimiento flower power, murió el 14 de septiembre en un hospital de Manhattan a los 88 años. La causa fue complicaciones derivadas de una larga batalla con el Alzheimer, según confirmó su familia. Le sobreviven sus hijos, Adam y Libra.

Del Bronx a la explosión pop de los años 60

Nacido en Berlín en 1937 y criado entre Shanghái, Israel y finalmente Nueva York, Max llegó al diseño gráfico en los años sesenta con una paleta que parecía sacada de una experiencia lisérgica: naranjas eléctricos, violetas profundos, soles con caras humanas y siluetas que se fundían unas con otras. Su estilo, heredero del pop art pero empapado de la estética de la contracultura, apareció en carteles, portadas de discos y anuncios de televisión, y ayudó a llevar la imaginería psicodélica del underground a las salas de estar de todo el país.

El artista oficial de medio mundo

A diferencia de muchos artistas asociados a la contracultura, Max construyó un imperio comercial sin precedentes. Fue el artista oficial de unos Juegos Olímpicos, de un Super Bowl, de las 500 Millas de Indianápolis, de un Mundial de fútbol y de la Serie Mundial de béisbol. Su trabajo terminó pintado en el fuselaje de un Boeing 777 y en el casco de un crucero de Norwegian Cruise Line, un alcance que pocos artistas de su generación lograron igualar. Max también fue amigo cercano de The Beatles, y su obra ayudó a moldear la iconografía visual que hoy asociamos automáticamente con la psicodelia de los sesenta: el sol sonriente, las figuras flotantes, los colores que no respetan los bordes.

Una lucha silenciosa con el Alzheimer

Durante sus últimos años, Max enfrentó un deterioro cognitivo progresivo que lo alejó gradualmente del ojo público, aunque su estudio continuó produciendo obra bajo su firma hasta el final. Su familia mantuvo la noticia de su diagnóstico relativamente reservada, y su muerte generó una ola de homenajes de museos, coleccionistas y figuras de la cultura pop que crecieron rodeadas de su iconografía.

Un legado que sigue coloreando la cultura psicodélica

Más allá del valor comercial de su obra, Max ocupa un lugar particular en la historia visual de los psicodélicos: fue quien tradujo una experiencia interior, muchas veces indescriptible, en un lenguaje gráfico que millones de personas pudieron reconocer sin haber probado nunca una sustancia psicoactiva. Esa traducción —del viaje interno al póster en la pared— es parte de por qué el imaginario psicodélico sobrevivió al ocaso de la contracultura y volvió a aparecer, décadas después, en la estética del renacimiento psicodélico actual.

Foto: new 1lluminati (CC BY 2.0) – Flickr

Fuente: The Washington Post