Un golpe en la cabeza que no provoca pérdida de conocimiento suele terminar con un consejo sencillo: hielo, reposo y observación. Pero la ciencia acumula indicios de que los impactos leves repetidos pueden dejar huella a largo plazo y aumentar el riesgo de enfermedades neurodegenerativas como la encefalopatía traumática crónica (ETC). Un nuevo estudio en ratas, publicado en la revista Communications Biology, plantea una posibilidad sorprendente: que la psilocibina ayude a proteger el cerebro frente a ese daño acumulativo.

Un hueco en la atención médica

El trabajo fue impulsado por el laboratorio de Craig Ferris en la Universidad Northeastern (Boston), con la colaboración del neurocientífico Argel Aguilar-Valles, profesor asociado en la Universidad de Carleton (Canadá). En una entrevista con Live Science, Aguilar-Valles subrayó que hoy no existe ninguna intervención para estos golpes leves: niños, deportistas y personas mayores pueden sufrirlos de forma repetida sin recibir tratamiento, porque no se consideran lo bastante graves.

Para modelar este escenario, los investigadores aplicaron a las ratas tres impactos controlados y suaves, sin pérdida de conciencia, que aun así producían alteraciones visibles en las redes cerebrales mediante resonancia magnética estructural y funcional.

Qué observaron los científicos

Los animales tratados con psilocibina —a una dosis relativamente alta, de 3 mg por kilo de peso— mostraron dos cambios llamativos, medidos unas tres semanas después de la lesión:

  • Menos fosforilación de la proteína tau, una alteración asociada a la enfermedad de Alzheimer y a la ETC. El tratamiento revirtió este marcador.
  • Recuperación de la conectividad funcional. Las redes cerebrales dañadas por los golpes no solo se normalizaron, sino que alcanzaron niveles de conexión superiores a los de los animales sanos. Los efectos se vieron en el tálamo, el hipocampo, los ganglios basales y la corteza, y fueron especialmente marcados en los núcleos dopaminérgicos.

Aguilar-Valles reconoce que todavía no saben qué significa exactamente esa «hiperconectividad», aunque esperan que refleje algo positivo para el cerebro.

Psicoplastógenos: más allá de la depresión

La psilocibina pertenece a un grupo de moléculas llamadas psicoplastógenos, capaces de estimular la plasticidad neuronal: hacen que las neuronas desarrollen ramificaciones más complejas y nuevas conexiones. En este grupo también se incluyen la ketamina, el LSD y la MDMA. Si estas sustancias funcionan en trastornos psiquiátricos donde la plasticidad está debilitada, el equipo quiso comprobar si también podían ayudar cuando existe un daño físico real.

El investigador explicó que la psilocibina se estudia más que otros psicodélicos en parte por la duración de su efecto, de unas pocas horas, lo que facilita la supervisión clínica frente a compuestos como el LSD.

Los próximos pasos y las precauciones

Los resultados proceden únicamente de roedores, y el propio Aguilar-Valles pide prudencia. Queda por averiguar si el tratamiento funciona administrado meses después de la lesión, qué papel juegan factores como el BDNF (una proteína que favorece el crecimiento neuronal) y si los derivados no alucinógenos de los psicodélicos logran efectos similares sin el «viaje». Esto último sería clave para poblaciones como los niños, cuyos cerebros en desarrollo podrían reaccionar de forma desconocida, o personas con riesgo de psicosis.

Conclusión

El estudio se suma a una línea de investigación que explora los psicodélicos en lesiones y enfermedades neurodegenerativas, más allá de la salud mental. Es un primer paso prometedor, pero lejano todavía de la consulta médica. Como resume el investigador, hay mucho potencial, pero conviene avanzar con cautela.

Fuente: Live Science – https://www.livescience.com/health/neuroscience/could-psilocybin-treat-brain-injuries-neuroscientist-explains-how-psychedelics-could-fill-a-gap-in-head-trauma-care

Imagen: everyone’s idle / Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0). Ver ficha de la imagen.