Casi toda la evidencia sobre la psilocibina procede de laboratorios: dosis medidas al miligramo, habitaciones preparadas, terapeutas presentes. Un estudio publicado en el Journal of Drug Issues se ha propuesto mirar hacia el otro lado, el del consumo espontáneo, y ha encontrado que los adultos que consumen hongos además de alcohol declaran menos síntomas depresivos que quienes beben pero no usan psilocibina.
Qué se midió y en quiénes
Los datos salen de la National Survey Investigating Hallucinogenic Trends de 2024, una encuesta representativa de la población adulta estadounidense. Para entrar en el análisis había que haber consumido al menos un psicodélico y haber bebido alcohol en doce ocasiones o más durante el último año. Quedaron 2.841 participantes: 1.234 habían combinado psilocibina y alcohol al menos una vez, y los 1.607 restantes bebían y usaban otros psicodélicos —LSD, ketamina—, pero no psilocibina.
Los síntomas se midieron con tres instrumentos habituales: el PHQ-9 para depresión (0 a 27 puntos), el GAD-7 para ansiedad (0 a 21) y el número de días de mala salud mental en el último mes.
Diferencias pequeñas pero consistentes
En el modelo más exigente —el que ajusta por edad, sexo, raza, etnia, trimestre de la encuesta y también por consumo de cannabis y de otros psicodélicos— el grupo de la psilocibina puntuó 0,57 puntos menos en la escala de depresión. Es un efecto estadísticamente significativo pero de magnitud pequeña. En ansiedad y días de mala salud mental no hubo diferencias.
Cuando los autores retiraron los controles por cannabis y otros psicodélicos, buscando reflejar el patrón real de consumo, la brecha se ensanchó: 1,08 puntos menos en depresión y 0,67 puntos menos en ansiedad.
La sorpresa: menos es más
El hallazgo que no esperaba el equipo apareció al separar por frecuencia. Quienes tomaban psilocibina una o varias veces al año mostraban las diferencias más marcadas frente a los no consumidores (1,17 puntos menos en depresión y 0,73 en ansiedad), mientras que los usuarios frecuentes —mensuales, semanales o diarios— no se distinguían de los ocasionales.
«Nos sorprendió ver que el uso de baja frecuencia, y no el de alta frecuencia, era el asociado a menos síntomas», explicó Anita Cservenka, profesora de ciencia psicológica en la Universidad Estatal de Oregón y directora del Substance Use & Neurocognition Lab.
Lo que este estudio no puede decir
Es un diseño transversal: una fotografía, no una película. No permite establecer causalidad, y la explicación inversa sigue abierta —que las personas con mejor salud mental sean más propensas a probar psicodélicos—. Tampoco se midió la cantidad consumida de ninguna de las dos sustancias, así que microdosis y dosis altas quedan mezcladas en la misma categoría. No había un grupo de personas sin experiencia previa con sustancias, y todo depende de lo que cada participante recordara de doce meses atrás.
El equipo planea estudios longitudinales y quiere investigar los motivos de consumo, las experiencias adversas y la relación entre dosis y síntomas.
Fuente: PsyPost
Imagen: «Psilocybe semilanceata», Arp (CC BY-SA).