Hay carreras científicas que arrancan con un plan meticuloso y otras que nacen de una conversación casual. La de Stephen Ross, hoy uno de los referentes de la medicina psicodélica en Estados Unidos, pertenece claramente al segundo grupo: todo empezó en 2006, con un intercambio fortuito con su colega Jeff Guss que terminó reorientando el resto de su trayectoria como psiquiatra en la Universidad de Nueva York (NYU).
Un vacío en la formación médica
Ross ha contado en varias entrevistas que, a lo largo de toda su formación —facultad de medicina, residencia en psiquiatría general y una especialización en adicciones— nunca escuchó mencionar la investigación psiquiátrica sobre psicodélicos que existió entre las décadas de 1950 y 1970. Se trata de un cuerpo de estudios hoy prácticamente olvidado en la enseñanza médica formal, pero que en su momento involucró a más de 40.000 participantes y produjo alrededor de mil artículos científicos publicados.
El nacimiento de un grupo de investigación
Esa curiosidad por un capítulo silenciado de la historia de la psiquiatría lo llevó a fundar, ese mismo 2006, el Grupo de Investigación Psicodélica de NYU. La iniciativa se convertiría, con los años, en una de las piezas fundacionales de lo que hoy se conoce como la «segunda ola» de investigación psicodélica en Estados Unidos, dos décadas antes de que la Casa Blanca firmara decretos para acelerar el acceso médico a estas sustancias.
El ensayo que llegó a la portada del New York Times
El trabajo más citado de Ross llegó una década después: un ensayo clínico aleatorizado de 2016 sobre psicoterapia asistida con psilocibina para tratar ansiedad, depresión y angustia existencial en pacientes con cáncer avanzado. Los resultados —mejoras sostenidas en el bienestar emocional de personas que enfrentaban el final de la vida— tuvieron tanta repercusión que el estudio terminó en la portada del New York Times, un hito poco frecuente para un ensayo psiquiátrico de fase temprana.
Un camino que no estuvo exento de riesgos
Ross también ha sido franco respecto al costo profesional de esa apuesta: varios mentores le advirtieron en su momento que dedicarse a la investigación psicodélica era «un camino a ningún lado» y podía ser «un asesino de carreras». Casi veinte años después, esa apuesta lo posicionó como una de las voces más consultadas del campo, justo cuando el interés institucional, académico y regulatorio por los psicodélicos atraviesa uno de sus momentos de mayor impulso.
Hoy, con la investigación psicodélica transformada en un área competitiva que recibe cientos de postulaciones para programas de posgrado, la trayectoria de Ross funciona como recordatorio de que buena parte de este resurgimiento científico se construyó sobre decisiones tomadas cuando el campo todavía era, para la mayoría, poco más que un tabú académico.
Fuente: EurekAlert
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