Quién es y por qué importa
Si Roland Griffiths fue el científico que le devolvió a la psilocibina el prestigio de laboratorio en Johns Hopkins, William A. Richards fue quien le enseñó a ese laboratorio a leer lo que ocurría dentro de la mente de sus voluntarios. Psicólogo, teólogo y uno de los pocos investigadores vivos con experiencia directa en la primera ola de estudios con LSD y psilocibina de los años sesenta, Richards es el puente humano entre aquella ciencia interrumpida por la prohibición y su resurrección académica cuarenta años después.
Vida y formación
Nacido en Estados Unidos, Richards no llegó a los psicodélicos desde la neurociencia sino desde el seminario. Estudió filosofía, psicología y sociología, cursó un año en la Yale Divinity School y obtuvo un M.Div. en teología, un S.T.M. en la Andover-Newton Theological School y, más tarde, un doctorado en psicología por la Catholic University of America. Por el camino estudió también con Abraham Maslow en Brandeis, la figura que definió la «experiencia cumbre» como objeto legítimo de estudio psicológico.
Su primer contacto con la psilocibina no fue como investigador sino como voluntario: en 1963, siendo estudiante de teología y psiquiatría en la Universidad de Göttingen, participó en un experimento y vivió lo que él mismo describiría después como una experiencia trascendente que le marcó el resto de la carrera. Entre 1967 y 1977 formó parte del equipo del Spring Grove State Hospital, en Maryland, uno de los pocos centros que siguió investigando LSD y psilocibina —para alcoholismo, adicción a la heroína, depresión y la angustia de pacientes con cáncer terminal— hasta que la política de drogas de los años setenta cerró esa puerta.
Contribuciones principales a la investigación psicodélica
Richards fue también uno de los investigadores que tras el célebre «Experimento del Viernes Santo» de Walter Pahnke en 1962 conservó y organizó buena parte de sus archivos, hoy depositados en la Universidad de Purdue como Colección Richards de los Papeles de Pahnke, un puente documental entre la ciencia psicodélica de los sesenta y la actual.
Cuando esa puerta volvió a abrirse, Richards estaba ahí: en 1999, junto a Roland Griffiths, relanzó la investigación con psilocibina en Johns Hopkins tras más de veinte años de parón. Fue coautor del estudio de 2006 que demostró que la psilocibina podía inducir de forma fiable experiencias de tipo místico con significado personal y espiritual duradero, uno de los trabajos que reabrió legítimamente este campo dentro de la psiquiatría seria. Su papel específico dentro de los ensayos de Hopkins —incluidos los que trataron la ansiedad y depresión en pacientes de cáncer terminal— fue el de «guía» o facilitador durante las sesiones, y el de arquitecto conceptual de cómo medir lo místico: contribuyó al desarrollo del Cuestionario de Experiencia Mística (MEQ30), la herramienta que hoy usan prácticamente todos los ensayos clínicos del mundo para cuantificar algo tan resistente a la cuantificación como una experiencia de disolución del ego. Hoy continúa activo como asesor sénior en Sunstone Therapies y ligado al Centro de Investigación en Psicodélicos y Consciencia de Johns Hopkins.
En 2015 publicó Sacred Knowledge: Psychedelics and Religious Experiences (Columbia University Press), sistematizando casi tres décadas de investigación con voluntarios de entre 24 y 81 años y distinguiendo con precisión la consciencia «visionaria» —donde el ego permanece intacto— de la consciencia «mística», donde se disuelve. El libro se tradujo a varios idiomas, incluido el español: Conocimiento sagrado: psicodélicos y experiencia religiosa, publicado en Barcelona por Editorial Kairós, la misma casa que ha traducido a buena parte de los clásicos de la espiritualidad comparada, lo que ha dado a Richards una presencia notable entre lectores de España y Latinoamérica interesados en la intersección entre psicodélicos y religión.
Cita memorable
Sobre aquella primera experiencia en Göttingen, Richards escribió que fue entonces cuando descubrió «the limitations of language in trying to express mystical forms of consciousness» —los límites del lenguaje a la hora de intentar expresar formas místicas de consciencia—, una idea que atraviesa toda su obra posterior: la certeza de que lo más importante de estas experiencias ocurre, precisamente, donde las palabras dejan de alcanzar.
Legado y relevancia actual
Richards representa algo poco común en este campo: continuidad viva. Mientras la mayoría de los pioneros de los sesenta murieron, se retiraron o quedaron fuera del sistema académico durante la prohibición, él permaneció dentro —primero en Spring Grove, después en Hopkins— y así se convirtió en el eslabón que evitó que la ciencia psicodélica moderna tuviera que reinventarlo todo desde cero. El MEQ30 que ayudó a diseñar sigue siendo, treinta años después, el estándar para medir si una experiencia con psilocibina, LSD o ayahuasca «cuenta» como mística en un ensayo clínico. Su insistencia en tratar lo espiritual como una variable seria y no como ruido a descartar sigue marcando el tono, hoy mayoritariamente terapéutico y clínico, de la conversación pública sobre estas sustancias.
Recursos para saber más
Libro: Sacred Knowledge: Psychedelics and Religious Experiences (Columbia University Press, 2015) — en español, Conocimiento sagrado (Editorial Kairós). Paper: Griffiths, Richards, McCann y Jesse, «Psilocybin can occasion mystical-type experiences…» (Psychopharmacology, 2006). Entrevista en vídeo: «Learning About Psychedelics from One of the First Pioneers – Dr. Bill Richards», podcast del Integrative Psychiatry Institute, disponible en YouTube. Archivo: William A. Richards Collection of Walter Pahnke Papers, Purdue University Archives and Special Collections.