Owsley Stanley, el químico que produjo buena parte del LSD que circuló en California durante los años sesenta, es recordado sobre todo por otra cosa: fue quien convenció a una generación de que valía la pena grabar los conciertos en vivo. Esa idea, nacida en los Acid Tests organizados por Ken Kesey, sigue viva hoy en un circuito de coleccionistas que se resiste a que la música solo exista en streaming.
Del laboratorio de ácido a la mesa de sonido
Stanley, conocido como «Bear», conoció al Grateful Dead en los Acid Tests de Kesey, las fiestas donde se repartía LSD junto con música en vivo como parte del experimento. Impresionado por la banda, se convirtió en su técnico de sonido y financió buena parte de su primer equipo de alta fidelidad. Desde la consola de mezcla, Owsley tomaba cinta de cada show, una práctica que con el tiempo se transformó en una de las señas de identidad del grupo: la célebre «sección de taper», el área reservada para quienes grababan los conciertos de forma abierta y legal.
Por qué el cassette no murió
Esa cultura de grabación sigue viva. En octubre, la segunda edición de la Feria del Cassette de Nueva York, realizada en el espacio Selva, en Bushwick, reunió a más de mil personas, más que el año anterior. Su organizador, Anthony Morton, la creó porque no encontraba un evento pensado para coleccionistas de cintas, y no solo de vinilos. Según quienes cubrieron el encuentro, el regreso del cassette tiene menos que ver con la nostalgia que con el control sobre la propia colección y cierta resistencia a la recopilación de datos de las plataformas de streaming.
Coleccionistas con miles de shows guardados
Entre los asistentes hay perfiles muy distintos: desde compradores en sus treinta que prefieren el cassette al vinilo, hasta grabadores con colecciones de cientos de miles de conciertos. Richard Rothenberg, ingeniero de grabación de Long Island, calcula en unas 180.000 las grabaciones que conserva, aunque las mantiene privadas por razones legales. Aadam Jacobs, en cambio, subió su colección de diez mil shows al archivo digital Archive.org. Jesse Jarnow, periodista musical y conductor del pódcast The Good Ol’ Grateful Deadcast, todavía conserva la primera cinta que grabó con una grabadora portátil.
Copiar, no poseer
A diferencia del vinilo, el cassette se definió históricamente por su facilidad para copiarse, una idea que el escritor Steve Jones desarrolló ya en 1990 en su ensayo «Cassette Underground». Esa posibilidad de reproducir y compartir, más que la escasez del objeto, es lo que para muchos coleccionistas sigue dando sentido al formato, incluso cuando cada copia pierde algo de calidad de sonido respecto a la anterior. La historia del Grateful Dead en este circuito está lejos de ser un caso aislado: otros discos psicodélicos de culto, como el disco de la banda Gandalf de 1969, circulan hoy gracias a redes de coleccionistas similares.
Fuente: DoubleBlind Magazine