Un estudio publicado en Addiction Biology separó lo que la terapia asistida por psicodélicos casi nunca permite separar: qué hace el fármaco por sí solo. La respuesta, en ratas adictas a la cocaína, es incómoda. La psilocibina y la ibogaína aceleraron el desaprendizaje del hábito, pero no impidieron la recaída cuando volvieron las señales asociadas a la droga.

Por qué hacía falta un modelo sin terapeuta

Los ensayos clínicos con psicodélicos administran siempre el compuesto dentro de un envoltorio psicológico: sesiones de preparación, acompañamiento durante la dosis y sesiones de integración posteriores. Eso hace prácticamente imposible saber qué parte del resultado corresponde a la farmacología y cuál al trabajo terapéutico. Los modelos animales permiten aislar la primera: la rata no recibe psicoterapia.

El equipo dirigido por Isis Rita Anzel Koutrouli, en el Instituto Nacional de Salud Mental de la República Checa, entrenó a ratas Wistar macho para autoadministrarse cocaína presionando una palanca. Una vez consolidado el hábito, comenzó la fase de extinción: la palanca dejó de entregar droga. El objetivo era que los animales desaprendieran la asociación entre la acción y la recompensa.

Dos psicodélicos, la misma aceleración

El primer y el quinto día de la extinción, las ratas recibieron una inyección de psilocibina, de ibogaína o de suero salino. Ambos psicodélicos aceleraron el proceso. Las tratadas con ibogaína redujeron la frecuencia con que presionaban la palanca ya después de la primera dosis; las de psilocibina mostraron una reducción similar tras la segunda. Los dos compuestos parecieron estabilizar la conducta de los animales y ayudarlos a abandonar antes un gesto que ya no servía para nada.

La ibogaína, derivada de un arbusto africano, actúa en el cerebro por vías distintas a la psilocibina, y sin embargo el efecto conductual fue equivalente. La lectura de los autores es que ambas sustancias aumentan la flexibilidad conductual: facilitan romper hábitos viejos.

La prueba que fallaron

Seis días después de la última dosis, los investigadores reintrodujeron las luces y los sonidos que antes acompañaban a la entrega de cocaína. Es el modelo estándar de recaída inducida por señales. Frente a esos estímulos, las ratas tratadas con psicodélicos volvieron a presionar la palanca con la misma frecuencia que las del grupo placebo. La ventaja acumulada durante la extinción se evaporó.

El contraste con los resultados humanos es elocuente. En el ensayo clínico aleatorizado publicado este año en JAMA Network Open, que combinó psilocibina con psicoterapia cognitivo-conductual en cuarenta adultos con trastorno por consumo de cocaína, el 30% del grupo activo mantuvo abstinencia completa durante los 180 días de seguimiento, frente a ninguno del grupo control. La diferencia entre ambos escenarios apunta a lo mismo: sin el sostén ambiental y psicológico continuado, el fármaco solo no bloquea el impulso de recaer.

Los límites del experimento

Los investigadores trabajaron únicamente con machos, para evitar la variabilidad conductual ligada al ciclo reproductivo. Comprobar si el efecto sobre la extinción se sostiene en hembras es una tarea pendiente, y no menor: la evidencia acumulada en los últimos años muestra respuestas sexualmente diferenciadas a varios de estos compuestos. El modelo animal, además, elimina por diseño los elementos psicológicos y sociales de la adicción humana, que probablemente son justo aquello que faltó para proteger a los animales de la recaída.

La conclusión práctica no invalida la línea de investigación, la delimita: si el efecto anti-adictivo de los psicodélicos depende de un entorno terapéutico sostenido, el problema de escalar estos tratamientos deja de ser farmacéutico y pasa a ser de infraestructura clínica.

Fuente: PsyPost

Imagen: Laboratory rat por Anna Marchenkova, licencia CC BY.