62 cerebros, cuatro contextos, una sola dosis

Un equipo de la Universidad Monash, en Australia, publicó en Nature el estudio de neuroimagen de mayor escala realizado en un solo centro sobre los efectos agudos de la psilocibina. Los investigadores Devon Stoliker y Adeel Razi reclutaron a 62 adultos sanos sin experiencia previa con psicodélicos, les administraron 19 miligramos de psilocibina —una dosis moderada, similar a la usada en ensayos clínicos— y registraron su actividad cerebral con resonancia magnética y electroencefalograma, en dos sesiones separadas por una semana: una sin la sustancia y otra con ella. En ambas sesiones, los participantes pasaron por momentos de descanso, meditación, música ambiental con los ojos cerrados y un video silencioso de nubes en movimiento.

La frontera entre el yo y el mundo se difumina

En la conciencia ordinaria, cerrar los ojos reduce drásticamente la entrada de información visual al cerebro. Bajo psilocibina, esa diferencia prácticamente desaparece: en las resonancias, la brecha entre la actividad con ojos abiertos y cerrados se redujo un 85% en la red visual, y más de un 66% considerando todas las redes cerebrales. Las regiones asociadas con el sentido del yo se volvieron más conectadas con el resto del cerebro, mientras que las regiones sensoriales se desconectaron parcialmente, aunque con variaciones individuales.

«Embeddedness»: el patrón oculto detrás de la experiencia positiva

Usando aprendizaje automático para mapear la actividad cerebral momento a momento —en lugar de promediarla, como suelen hacer los estudios previos—, el equipo identificó un patrón que llamaron «embeddedness» o continuidad: los participantes que reportaron sentirse más integrados con su entorno, de manera positiva, mostraron ese patrón con mayor claridad. Era más débil cuando solo había efectos visuales o sensoriales, y desaparecía directamente cuando la persona experimentaba confusión o ansiedad. Ese mismo patrón se asoció con cambios psicológicos positivos reportados al día siguiente, lo que empieza a explicar por qué una experiencia que la ciencia describe como «desorden cerebral» puede sentirse, para quien la vive, como algo profundamente significativo.

Lo que todavía no se sabe

El estudio tiene límites que los propios autores subrayan: se hizo con adultos sanos, no con pacientes, fue de etiqueta abierta —sin grupo placebo, todos sabían que habían tomado psilocibina— y las respuestas variaron mucho pese a la dosis fija. La mitad de los participantes había tomado además un curso de mindfulness de ocho semanas, sin que eso alterara de forma medible los resultados grupales. Los datos completos quedaron publicados en PsiConnect, el set de neuroimagen psicodélica de un solo centro más grande del mundo, disponible abiertamente para que otros equipos investiguen si esa señal de «embeddedness» puede anticipar quién se beneficiará más de una terapia con psicodélicos.

Imagen: «Human Brain» de Versal (CC BY 4.0, vía Sketchfab/Openverse).

Fuente: The Conversation