Buena parte del entusiasmo por los psicodélicos en trastornos de ansiedad y estrés descansa en una idea sencilla: estas sustancias ayudarían al cerebro a desaprender el miedo. La pregunta práctica —cuánta cantidad hace falta— llevaba años sin una respuesta ordenada. Una revisión publicada el 3 de agosto en el Journal of Psychopharmacology ha reunido los datos de 177 experimentos con ratones y ratas para intentar contestarla.

Qué es la extinción del miedo

Las personas con trastornos de ansiedad y relacionados con el estrés suelen mostrar una extinción de la amenaza deficiente: una vez aprendido que algo es peligroso, les cuesta desaprenderlo aunque el peligro ya no exista. Ese mecanismo es la base de las terapias de exposición en el TEPT y las fobias, y es también donde varios psicodélicos han mostrado efectos en modelos animales.

El método

El equipo, formado por Isabel Werle, Maria Eduarda Cardoso Probst y Leandro Jose Bertoglio, aplicó modelos de regresión para estimar tendencias a través de estudios y comprobar si la relación dosis-efecto de psilocibina, LSD, DMT, MDMA y ketamina es lineal, tiene forma de campana —el clásico «punto dulce», con un óptimo intermedio— o sigue otro patrón. Las dosis se normalizaron mediante escalado alométrico y potencia relativa ajustada por afinidad a los receptores de serotonina 5-HT2A y 5-HT1A, para poder compararlas entre especies y compuestos.

Resultados: menos campana, más línea

Los datos disponibles sobre LSD resultaron insuficientes para evaluar las relaciones planteadas. Para el resto de compuestos, los modelos lineales ofrecieron el mejor ajuste relativo, tanto en el aprendizaje de extinción como en su recuerdo posterior. Dentro de los rangos estudiados, las dosis más bajas se asociaron con frecuencia a tamaños de efecto positivos mayores; la MDMA fue la excepción.

Los análisis agrupados sugieren además que el intervalo entre la administración del compuesto y la prueba de recuerdo de la extinción puede influir en el efecto de los psicodélicos clásicos. En cambio, el sexo y la edad de los animales, el estrés previo al condicionamiento o la intensidad de este, y el intervalo entre el tratamiento y el aprendizaje de extinción no modificaron las relaciones dosis-efecto observadas.

Las advertencias de los propios autores

Las asociaciones agrupadas resultaron sensibles a observaciones de alto apalancamiento, es decir, unos pocos experimentos atípicos podían mover el resultado. Y hay una limitación de fondo que ninguna síntesis puede resolver: son roedores. La conducta de congelación de un ratón ante una señal aprendida es un modelo del miedo condicionado, no una réplica del TEPT humano, y las dosis escaladas entre especies siguen siendo una aproximación.

Aun así, la conclusión tiene consecuencias para el diseño de ensayos clínicos. Si el efecto sobre la extinción del miedo se sostiene a lo largo de un rango amplio de dosis y las bajas no son peores —a veces incluso mejores—, la lógica de «cuanto más intensa la experiencia, mejor el resultado» pierde apoyo. Y el momento de la administración respecto a la sesión terapéutica pasa a ser una variable a estudiar en serio, no un detalle logístico.

Fuente: Journal of Psychopharmacology (PubMed)

Imagen: nimrlondon, licencia CC BY 2.0, vía Flickr.