Una nueva encuesta representativa de Estados Unidos puso números a algo que los programas de reducción de riesgos venían señalando de forma anecdótica: la ibogaína y el 5-MeO-DMT provocan efectos adversos con mucha más frecuencia que la psilocibina, el LSD o el MDMA. El hallazgo, publicado como carta de investigación en JAMA Network Open, llega en un momento en el que ambas sustancias ganan terreno en clínicas privadas fuera de Estados Unidos y en la discusión regulatoria dentro del país.

Qué midió la nueva encuesta nacional

El equipo, liderado por Otto Simonsson, del Instituto Karolinska de Suecia, analizó datos de la Encuesta Nacional sobre Tendencias Alucinógenas de 2025, un panel representativo de 1.964 adultos estadounidenses. A los participantes que habían consumido psicodélicos en el último año se les preguntó si notaron cambios en su salud física o mental y si usaron servicios médicos a causa de la sustancia; a quienes la habían usado en los últimos tres meses se les pidió marcar síntomas específicos tomados del Inventario Suizo de Efectos Secundarios Psicodélicos.

Ibogaína y 5-MeO-DMT, en el extremo más riesgoso

La psilocibina resultó, por lejos, la sustancia más consumida (se estima que 8,12 millones de adultos la usaron en el último año), seguida por el MDMA, el LSD, el 5-MeO-DMT y la ibogaína, esta última la menos extendida con unos 560.000 usuarios anuales. Pero el tamaño del mercado no se corresponde con el perfil de riesgo: entre quienes habían consumido en los últimos tres meses, el 94,8% de los usuarios de ibogaína y el 92,8% de los de 5-MeO-DMT reportaron algún efecto adverso, frente a un 75,6% en psilocibina. Las palpitaciones o el dolor en el pecho aparecieron en el 44,2% de los usuarios de ibogaína y el 51,3% de los de 5-MeO-DMT, y pensamientos de muerte o suicidio en el 59,3% y el 36,6% respectivamente.

Beneficios percibidos, pero con matices

La encuesta también preguntó por mejoras autopercibidas. Las mejoras en salud mental fueron más frecuentes entre usuarios de psilocibina (hasta 51,2%), mientras que las mejoras físicas se reportaron algo más entre usuarios de 5-MeO-DMT. Al mismo tiempo, el empeoramiento autoatribuido de la salud física y mental, y el uso de servicios médicos vinculado a la sustancia, fueron mínimos para la psilocibina (6,2%, 4,7% y 16,2%) y mucho más altos para la ibogaína (45,1%, 34,5% y 74,2%). Los propios autores advierten que los subgrupos de ibogaína y 5-MeO-DMT son pequeños —59 y 72 personas respectivamente— y que el diseño transversal no permite establecer causalidad; tampoco descarta el sesgo de memoria propio de cualquier autorreporte.

Qué significa esto para la reducción de riesgos

Los autores enmarcan el hallazgo como un llamado a la vigilancia de seguridad y a una comunicación pública equilibrada sobre riesgos y beneficios, no como una condena de estas sustancias. La ibogaína, en particular, conlleva riesgo cardíaco documentado por prolongación del intervalo QT, razón por la cual los protocolos clínicos serios incluyen electrocardiograma y monitoreo cardíaco previo. La diferencia de magnitud frente a la psilocibina o el LSD —sustancias con perfiles de seguridad fisiológica mucho más estudiados— refuerza la recomendación constante de los programas de reducción de daños: nunca usar ibogaína ni 5-MeO-DMT sin supervisión médica ni evaluación cardiológica previa. Para quienes evalúan estas sustancias, la guía de Johns Hopkins sobre qué tan seguro es cada psicodélico y la guía completa de psicodélicos de Portal Psicodélico son un buen punto de partida antes de tomar cualquier decisión.

Fuente: Medscape