La crisis de una planta sagrada

En Gabón, la religión bwiti venera desde hace generaciones al iboga, el arbusto del que se extrae la ibogaína, un alcaloide psicodélico con evidencia creciente para reducir la abstinencia y el deseo de consumo en adicciones a opioides y metadona. El problema es la escala: el arbusto tarda hasta 30 años en madurar y produce apenas un gramo de ibogaína, y la extracción tradicional suele arrancar la planta de raíz. La escasez alimentó el furtivismo y llevó al gobierno gabonés a prohibir su exportación.

Dos años buscando una planta que nadie estudiaba

El investigador brasileño Ricardo Marques, doctor en química de productos naturales y becario postdoctoral en la Universidad Federal de Ceará, encontró una mención de décadas atrás sobre una especie amazónica con voacangina, el precursor químico que también se puede convertir en ibogaína. «Prácticamente no había nada en la literatura farmacológica sobre esa planta», cuenta. Le tomó casi dos años localizarla en la selva y entender su ecología: cuántas veces al año produce semillas, cómo germina, en qué época conviene extraer el material. Marques no revela la identidad de la especie —solo que crece en pastizales, donde los ganaderos suelen tratarla como maleza— para evitar una fiebre farmacéutica que repita el daño ecológico sufrido en África.

Comunidades que cosechan sin destruir

A diferencia de la extracción del iboga, que mata la planta, el método que desarrolló Marques permite que la especie amazónica se regenere después de la cosecha. Con autorización del organismo brasileño de conservación ICMBio, capacitó a dos familias de la Reserva Extractivista Chico Mendes, en el estado de Acre —donde él mismo nació, hijo de recolectores de caucho— para identificar, geolocalizar y cosechar el material de forma sostenible. «Todas las familias [de la reserva] quieren trabajar, están muy entusiasmadas», dice. Su empresa, Hylaea, ya exportó los primeros lotes de voacangina a una compañía estadounidense a fines de 2025, y también vendió un pedido pequeño de ibogaína a Israel.

Un impulso científico y político que recién empieza

El interés por la ibogaína crece en paralelo: investigadores de Stanford publicaron en Nature Medicine resultados positivos de terapia con ibogaína y magnesio en veteranos estadounidenses con traumatismo cerebral, depresión y ansiedad, y estados como Texas y Arizona ya destinaron 55 millones de dólares a ensayos clínicos autorizados por la FDA. Un ensayo clínico en Barcelona, coordinado por el investigador Genís Ona, mostró además que dosis de hasta 600 miligramos pueden administrarse sin efectos cardíacos clínicamente significativos, un dato clave para una sustancia históricamente asociada a arritmias. Mientras tanto, el trabajo de Marques ofrece algo distinto: no solo una fuente alternativa de la molécula, sino un modelo en el que la conservación de la selva y el ingreso económico de sus comunidades avanzan en la misma dirección.

Imagen: «Amazon River» de la Agencia Espacial Europea (CC BY-SA 2.0, vía Flickr/Openverse).

Fuente: Mongabay