A los astrónomos rara vez les preguntan si han viajado al espacio. A Alex Kwan le preguntan constantemente si toma psicodélicos. «Hay un sector de gente que cree firmemente que, como investigador del tema, deberías tener la experiencia subjetiva y probar algunos de los compuestos», explica. «Otros piensan que eso podría nublar tu juicio. Yo no lo he probado.»
Kwan, doctorado en Cornell en 2009 y hoy profesor de ingeniería biomédica en la Facultad Duffield de esa universidad, se ha convertido en el eje de una red de investigación psicodélica que atraviesa varios departamentos. Su apuesta no es la promesa clínica, sino lo que falta debajo: «Hay mucho entusiasmo con los psicodélicos en nuestra sociedad, pero nuestra comprensión real del fármaco sigue siendo bastante pobre».
Un 10% más de conexiones neuronales
Desde que se incorporó a Cornell en 2022, el laboratorio de Kwan ha demostrado que una sola dosis de psilocibina aumenta alrededor de un 10% el número de conexiones neuronales en el cerebro de un ratón; ha identificado componentes clave del circuito neural que media los efectos a largo plazo del compuesto; y ha mostrado cómo la psilocibina debilita los bucles de retroalimentación que mantienen a las personas atrapadas en el pensamiento negativo mientras potencia las respuestas sensoriomotoras.
Su colega Chris Schaffer, decano de profesorado, describe ese trabajo como «el eje sobre el que construimos los demás»: experimentos lentos, metódicos y orientados al mecanismo.
Electrodos blandos que duran un año
Uno de los cuellos de botella técnicos ha sido el registro prolongado de la actividad neuronal. Antonio Fernández-Ruiz, profesor asociado en la Facultad de Artes y Ciencias, lo explica con una imagen doméstica: «El cerebro es como el queso, es muy blando. Metes un electrodo que es una cosa rígida de metal, y el cerebro se mueve cuando el animal respira, o incluso con los latidos». El resultado es que las neuronas mueren o se desplazan y no se pueden seguir más de unos pocos días.
En la Cornell NanoScale Facility, el grupo de Fernández-Ruiz diseñó y fabricó electrodos flexibles de polímero orgánico, de unas pocas micras de grosor y resolución nanométrica, que se adhieren al cerebro y permiten registrar las mismas centenares de neuronas durante meses, hasta un año. Son mínimamente invasivos y potencialmente utilizables en humanos. Ahora el equipo sigue la comunicación entre corteza prefrontal e hipocampo en ratones durante semanas, y la misma tecnología podría servir para estudiar el envejecimiento y las enfermedades neurodegenerativas.
Moscas que dejan de pelear
Los ratones no son el único modelo. Nilay Yapici, profesora asociada en Artes y Ciencias, estudia el efecto de los psicodélicos en la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster). Sophie Gustin, estudiante de grado, desarrolló para su tesis un sistema de capilares de vidrio calibrados que dispensa un microlitro de DOI (2,5-dimetoxi-4-yodoanfetamina) y permite medir con precisión cuánto consume cada mosca; después aplicaron algoritmos de aprendizaje automático para cuantificar los cambios de conducta.
El hallazgo: los machos aislados socialmente, que normalmente se vuelven agresivos y se enzarzan a patadas y golpes, redujeron significativamente esa agresividad tras consumir el psicodélico. Y el receptor de serotonina 2A —la diana de los psicodélicos en mamíferos— parece responsable también en las moscas. Eso abre la puerta a rastreos genéticos a gran escala imposibles en modelos mamíferos.
El «factor woo» y la lección de la ketamina
Schaffer celebra el cambio regulatorio —el decreto presidencial de abril facilita el acceso a las sustancias, su fabricación para investigación y la financiación federal— pero desconfía del entusiasmo desbordado: el «factor woo», la idea de que «los psicodélicos son la cura para todo», complica trabajar en el campo como científico serio.
El psiquiatra Conor Liston, de Weill Cornell Medicine, ofrece la comparación más útil. La ketamina se estudió como antidepresivo desde los años noventa y tardó más de veinte años y numerosos ensayos rigurosos en llegar a la aprobación de la S-ketamina en 2019. «La historia de la ketamina subraya la necesidad y los beneficios de una investigación clínica realmente cuidadosa construida a lo largo de años», dice. «El campo psicodélico se beneficiará del mismo enfoque, sin precipitarse.»
La justificación última es práctica, según Schaffer: la psilocibina no será el final del camino, sino el principio de una familia de derivados. Y ninguna de las preguntas relevantes —eliminar la experiencia psicodélica manteniendo el beneficio, prolongar su duración, evitar tal o cual efecto adverso— puede responderse sin entender el mecanismo. De lo contrario, resume, «estás disparando a ciegas».
Fuente: Cornell Chronicle