Durante años, los estudios de neuroimagen describieron el efecto del LSD sobre el cerebro casi como un apagado: la droga debilita las ondas alfa y beta asociadas a la percepción ordenada y al pensamiento consciente. Un nuevo estudio publicado en Communications Biology, liderado por un equipo de la Universidad de Montreal, matiza esa idea. Según los resultados, el LSD no solo reduce la fuerza de esas ondas: también las acelera y vuelve la actividad cerebral más compleja e impredecible, un efecto que había quedado oculto por las limitaciones de los métodos de análisis anteriores.
Cómo separaron la señal real del ruido de fondo
El equipo, encabezado por Venkatesh Subramani y el profesor Karim Jerbi, del Laboratorio de Neurociencia Cognitiva y Computacional (CoCo Lab), reanalizó datos de magnetoencefalografía (MEG) de 17 voluntarios sanos que recibieron, en sesiones separadas, una inyección intravenosa de 75 microgramos de LSD o un placebo de solución salina. Cuatro horas después de la inyección, cada participante fue escaneado durante siete minutos con los ojos cerrados: primero en silencio y luego escuchando música ambiental.
La novedad metodológica consistió en separar las ondas rítmicas (alfa y beta) de la actividad eléctrica de fondo, en lugar de medirlas juntas como hacían los análisis clásicos. Esa separación permitió distinguir si el LSD realmente debilitaba esas ondas o si solo las aceleraba, un cambio que con los métodos tradicionales podía confundirse con una pérdida de fuerza.
Ondas más débiles, pero también mucho más rápidas
Los resultados confirmaron que el LSD provoca una desincronización genuina de las ondas alfa y beta: la primera, concentrada en los lóbulos temporales; la segunda, distribuida de forma más amplia por la corteza cerebral. Pero, al mismo tiempo, el fármaco aceleró ambos ritmos. La frecuencia máxima de las ondas alfa subió en promedio 2 Hz, y la de las ondas beta, hasta 5 Hz. Un modelo de aprendizaje automático entrenado únicamente con ese cambio de velocidad logró distinguir entre sesiones de LSD y de placebo con más del 82% de precisión.
La actividad de fondo, además, se volvió más «plana» —con menos peso de las frecuencias lentas respecto a las rápidas— y tanto la complejidad de Lempel-Ziv como la dimensión fractal de Higuchi, dos medidas matemáticas de lo impredecible que resulta una señal, aumentaron de forma notable, sobre todo en las regiones posteriores del cerebro vinculadas al procesamiento visual.
El efecto inesperado de la música
Los investigadores también querían saber si escuchar música intensificaba estos efectos, tal como ocurre en muchos rituales tradicionales y en la terapia asistida con psicodélicos. La tendencia hallada fue la contraria a la esperada: escuchar música pareció atenuar levemente la complejidad de la señal y el aplanamiento de la actividad de fondo, aunque ese resultado no sobrevivió a las correcciones estadísticas más estrictas y los propios autores lo califican de exploratorio. Subramani planteó que la música podría funcionar como un «ancla atencional» que, en ciertas condiciones, modera la experiencia psicodélica en lugar de amplificarla.
Qué significa este hallazgo para la ciencia de los psicodélicos
Los autores advierten que la muestra fue pequeña —17 personas— y que el escaneo se realizó varias horas después del pico subjetivo de la droga, lo que limita las conclusiones sobre la experiencia misma en el momento más intenso del viaje. Aun así, el hallazgo aporta una pieza clave al debate sobre cómo los psicodélicos alteran la consciencia: no se trata solo de «apagar» el cerebro, sino de acelerarlo y volverlo más rico en patrones. El equipo ya trabaja en un estudio de seguimiento sobre cómo estos cambios afectan la conectividad funcional entre distintas regiones del cerebro.
Para profundizar en los mecanismos neurológicos de estas sustancias, puede consultarse la guía completa de psicodélicos de Portal Psicodélico, así como nuestra cobertura sobre la hipótesis del cerebro entrópico y el resto de la sección de Ciencia.
Imagen: «Fractal» por kevin dooley, licencia CC BY 2.0.
Fuente: PsyPost