El trastorno por consumo de ketamina apenas tiene tratamiento farmacológico específico. Un caso publicado el 20 de julio en Frontiers in Psychiatry documenta, por primera vez con seguimiento largo y analíticas seriadas, una abstinencia sostenida tras un tratamiento con ibogaína.
El paciente
Se trata de un hombre de 30 años con cinco años de dependencia grave de varias sustancias: entre 2 y 3 gramos diarios de ketamina por vía intranasal, además de cocaína y alcohol, con un trastorno depresivo recurrente asociado. Los tratamientos psiquiátricos convencionales no habían logrado controlar el craving —el deseo compulsivo de consumir—, y el paciente buscó por su cuenta una intervención con ibogaína, el alcaloide del arbusto africano Tabernanthe iboga.
El protocolo
El programa se desarrolló en régimen residencial durante 13 días en México. El paciente recibió una dosis de choque de 800 miligramos de clorhidrato de ibogaína (10,1 mg/kg) y, después, dos dosis de refuerzo de 300 miligramos (3,8 mg/kg), siempre bajo monitorización médica continua y control electrocardiográfico. Ese detalle no es menor: la ibogaína puede prolongar el intervalo QT y provocar arritmias potencialmente mortales, y la mayoría de las muertes asociadas a su uso se han producido en contextos sin supervisión cardiológica.
Diecisiete meses de seguimiento
Según el informe, el paciente refirió un cese inmediato del craving hacia todas las sustancias. El equipo lo siguió durante unos 17 meses, con una intervención adicional de ibogaína fraccionada y supervisada alrededor del undécimo mes. Las analíticas toxicológicas seriadas y las escalas psicométricas fueron compatibles con abstinencia continuada de ketamina, cocaína, alcohol y el resto de sustancias previamente consumidas.
En paralelo mejoraron los indicadores clínicos: el cuestionario PHQ-9 de síntomas depresivos se mantuvo entre 0 y 3 —el rango de ausencia de depresión—, bajó la ansiedad y la calidad de vida medida con el WHOQOL-BREF pasó de 55 a 71 puntos.
Por qué importa, y por qué hay que leerlo con cuidado
Casi toda la literatura sobre ibogaína se ha centrado en la dependencia de opioides. Este trabajo, firmado por Sergio R. Pérez Rosal, Sonya C. Faber y Markus Backmund, señala el trastorno por consumo de ketamina como una diana específica que merece ensayos controlados. Los autores atribuyen el resultado al perfil polifarmacológico de la ibogaína, que actúa simultáneamente sobre varios sistemas de neurotransmisión implicados en la adicción.
Ahora bien: se trata de un único paciente. Un caso clínico no permite establecer eficacia, no controla el efecto placebo ni la motivación del propio paciente, y no dice nada sobre en cuántas personas funcionaría el mismo protocolo. Su valor está en la calidad de la documentación —toxicología objetiva y escalas estandarizadas repetidas en el tiempo, algo poco habitual en este campo— y en que abre una vía de investigación concreta.
Conviene subrayar lo obvio: la ibogaína no es un producto de autoconsumo. Su uso fuera de un entorno con cribado cardiológico previo, monitorización continua y capacidad de reanimación conlleva un riesgo real de muerte.
Fuente: Frontiers in Psychiatry
Imagen: «Iboga», de The Drug Users Bible, licencia CC BY 2.0, vía Flickr.