Los trastornos de la conducta alimentaria son uno de los territorios más resistentes de la psiquiatría. La fluoxetina sigue siendo el único fármaco aprobado para alguno de ellos —la bulimia nerviosa— y no existe ningún medicamento autorizado para la anorexia nerviosa ni para el trastorno por atracón. En ese vacío, un artículo publicado en el International Journal of Eating Disorders propone repensar el papel de la psilocibina desde un ángulo distinto: no como tratamiento de un diagnóstico, sino de lo que hay debajo de varios.
La propuesta transdiagnóstica
El trabajo, firmado por Koning y colaboradores, argumenta que la psilocibina podría actuar sobre mecanismos compartidos por distintos trastornos alimentarios y por la psicopatología que suele acompañarlos: la rigidez cognitiva, los patrones de pensamiento rumiativo, la alteración de la imagen corporal y la comorbilidad con depresión, ansiedad y trauma.
El enfoque transdiagnóstico es una corriente creciente en salud mental. Parte de la constatación de que las categorías diagnósticas actuales —anorexia, bulimia, trastorno por atracón— comparten mecanismos y se solapan tanto en la práctica que muchos pacientes migran de una a otra a lo largo de su vida. Si eso es así, dicen los autores, tiene más sentido apuntar al mecanismo que a la etiqueta. Y eso tiene consecuencias para cómo se diseñan los ensayos clínicos: reclutar por diagnóstico puede estar fragmentando muestras que responderían mejor agrupadas por características psicológicas comunes.
Qué hay ya en marcha
Una revisión sistemática publicada este año recopiló la literatura disponible y los ensayos clínicos registrados sobre psilocibina en trastornos alimentarios. El panorama es de fase muy temprana: estudios de viabilidad, muestras pequeñas y ausencia casi total de ensayos controlados de tamaño relevante.
Uno de los proyectos más visibles es el ensayo piloto del Imperial College de Londres que explora la psilocibina en anorexia nerviosa. Los primeros trabajos publicados en esta área han informado sobre todo de seguridad y tolerabilidad, más que de eficacia.
Precauciones que no son menores
Hay razones específicas para la cautela en esta población. Los pacientes con anorexia grave presentan a menudo alteraciones cardiovasculares y electrolíticas derivadas de la desnutrición, un contexto en el que administrar una sustancia que eleva la frecuencia cardíaca y la presión arterial exige una monitorización estricta. La comorbilidad psiquiátrica y el riesgo suicida elevado en estos trastornos añaden otra capa de complejidad.
A eso se suma un debate abierto sobre el uso simultáneo de antidepresivos, muy frecuente en esta población: los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina pueden atenuar los efectos de la psilocibina, lo que obliga a decidir entre suspenderlos —con el riesgo que eso implica— o aceptar una respuesta reducida.
Dónde queda todo esto
El artículo no presenta resultados de eficacia: propone un marco conceptual y una agenda de investigación. Es una contribución a cómo se plantean las preguntas, no una respuesta. Para quienes conviven con un trastorno alimentario, la distancia entre esta discusión académica y un tratamiento disponible sigue siendo de años.
Aun así, señala una dirección que empieza a repetirse en el campo psicodélico: dejar de perseguir diagnósticos del manual y empezar a perseguir procesos.
Fuente: International Journal of Eating Disorders
Imagen: jenny downing, licencia CC BY 2.0, vía Openverse.