Un año después de que Nueva Zelanda autorizara la prescripción de psilocibina para pacientes privados, la mayoría de los médicos del país sigue mostrándose prudente ante el compuesto psicoactivo de los «hongos mágicos». El balance de estos primeros doce meses es revelador: apenas diez pacientes han sido tratados y solo dos facultativos cuentan con la aprobación de Medsafe, la agencia reguladora, para recetarlo.

Un despliegue lento y muy controlado

Nueva Zelanda se convirtió en 2025 en uno de los pocos países del mundo en permitir el uso médico de la psilocibina fuera de un ensayo clínico. Pero la apertura llegó acompañada de condiciones estrictas: solo psiquiatras con autorización específica pueden prescribirla, y únicamente para casos de depresión que no responde a los tratamientos convencionales.

El resultado es un despliegue deliberadamente lento. La escasez de prescriptores autorizados actúa como cuello de botella, y muchos profesionales de la salud prefieren esperar a tener más evidencia y formación antes de ofrecer la terapia a sus pacientes.

«Curioso pero cauto»

Para ampliar el número de prescriptores, el Psychedelic Training Centre lanzó este mes un curso de formación en línea. Doce trabajadores de la salud —entre ellos médicos de familia y psiquiatras— participaron en el programa de seis días. Uno de ellos, el doctor James Simonsson, resumió el sentir general del gremio: se declaró «curioso pero cauto». «No estoy seguro de si voy a prescribir psilocibina en mi práctica clínica, pero quiero estar al día y al tanto de la investigación actual», explicó.

Esa mezcla de interés y prudencia refleja el delicado equilibrio que atraviesa la medicina psicodélica: el entusiasmo por unos resultados prometedores convive con la conciencia de que la base de evidencia todavía es reciente.

La ciencia respalda, pero con matices

La psilocibina ha demostrado ayudar a personas con depresión en ensayos de instituciones como el Imperial College de Londres y la Universidad de Nueva York. Sin embargo, los expertos insisten en que no debe utilizarse en personas con antecedentes —personales o familiares— de psicosis, uno de los principales criterios de exclusión en cualquier protocolo.

El profesor de psicofarmacología Suresh Muthukumaraswamy, con sede en Nueva Zelanda, considera que la actitud del cuerpo médico está «cambiando lentamente», y defiende que ese ritmo pausado es lo apropiado. «Creo que es adecuado que cambien despacio, porque la evidencia es relativamente nueva, así que no queremos que la gente se suba sin más a la última moda», señaló.

Un modelo observado desde fuera

La experiencia neozelandesa se ha convertido en un caso de estudio para otros países que debaten cómo integrar los psicodélicos en sus sistemas de salud. Su enfoque —acceso legal pero fuertemente restringido— ofrece una alternativa intermedia entre la prohibición total y la aprobación farmacéutica plena. Los próximos años dirán si ese modelo consigue ampliarse sin sacrificar la seguridad de los pacientes.

Fuente: 1News Nueva Zelanda